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“La muerte os espera en todas partes; pero, si sois prudentes, en todas partes la esperas vosotros.”
SAN BERNARDO
Escuchó pasos apresurados a sus espaldas que, al ejercer peso sobre el césped recientemente humedecido, dejaron escapar un sonido apagado. Se volteó con lentitud y contempló a aquella persona cuyo caminar ya conocía; desde antes de mirarla al rostro, había comprendido que quien se encontraba a sus espaldas era Catalina.
La chica se mantuvo inmóvil frente a sus ojos, sin esa mirada de codicia perdida tiempo atrás en un retorcido cambio de roles que las había convertido en personas diferentes; que había llevado a una a ser la otra, y viceversa; que había invertido sus personalidades hasta volverlas irreconocibles, porque había cualidades que fuera de ellas no funcionaban y, sobre todo, en la antitética forma de ser de la otra.
-¿Qué hacés acá? –preguntó Mora, con voz fría y ronca.
Catalina respiró profundo, se adelantó varios pasos y la enfrentó.
-Voy con vos –dijo, sin intenciones de contar toda la historia; eso tan extraño que le había sucedido minutos atrás con aquel escalofriante hombre.
Mora pareció dudar. De hecho, pareció balancearse casi de manera imperceptible sobre sus propios pies, como si su mente y sus piernas estuvieran tomando decisiones opuestas. Finalmente, se decidió: con Catalina o sin ella entraría a ver a Viola.
Dándole la espalda, se hundió unos cuantos pasos más dentro de la vía y se enfrentó a la deteriorada puerta gris. Ésta, como siempre, se abrió fantasmalmente en cuanto fijó su mirada en ella. Y, de inmediato supieron, casi como un mensaje telepático, que había cosas que estaban a punto de acabar y que, en consecuencia, había mucho que nunca lograrían comprender. Pero no pudieron pensar demasiado en eso porque el felino ciego se escurrió rápidamente por la puerta semiabierta y las enfrentó con amenaza, demostrándoles cuanto odiaba verlas allí. Mora, quien llevaba la delantera, tomó a Catalina del brazo con frialdad sin dejarse intimidar; después de todo, era sólo un animal.
El olor a humedad y cigarrillo llenó sus narices, recordándoles el ambiente repelente que flotaba en aquel sitio. En medio de la habitación, Viola se hallaba en la silla que acostumbraba ocupar con una caja de Marlboro sobre la mesa y un mazo de cartas armándose y desarmándose vertiginosamente en sus dedos; mezclando posibles destinos.
Caminaron hacia ella con seguridad y se sentaron a la mesa. Sus ojos se alzaron escondiendo una mirada indescifrable, como si estuviera presente en aquel sitio tanto como ausente. Eso era lo que tenía de extraño Viola que no habían podido descifrar en ese tiempo: parecía ser tan tangible como intangible; estar y no estar al mismo tiempo; ser real tanto como una sombra.
-Ese sueño te tiene loca –dijo.
Catalina levantó el rostro del suelo de manera sobresaltada, extrañada por la mención de un sueño. Era exactamente lo que le había dicho el hombre a ella: “el sueño de la Elegida”. ¿Es que, a fin de cuentas, la Elegida era Mora, y no ella? Había tantas cosas que no lograba explicar que estaba comenzando a sentirse mareada.
Al mismo tiempo, Mora corrió la silla con firmeza dejando escapar un sonido agudo y chirriante que les hizo doler la cabeza por un efímero instante. Más enojada que nerviosa, comenzó a caminar de un sitio a otro evitando la mirada de las dos mujeres que permanecían expectantes, a la espera de una explicación.
-¡Es que ya no entiendo! –gritó, agarrándose la cabeza. Luego, repentinamente abrumada, se volvió a Viola.- ¿Qué significa? ¿Qué es lo que puedo hacer?
Y se cubrió el rostro con las manos hasta ocultarlo por completo. Catalina comenzó a juguetear con una carta que se había separado del mazo hasta yacer a pocos centímetros de su mano derecha. Era un diez de espadas; uno que, a diferencia de otros mazos convencionales, exhibía un rostro casi femenino y de doloroso pesar en los ojos. Quizá fue por el hecho de concentrarse tanto en las diminutas facciones que se dibujaban a lo largo de la carta pero, por una fracción de segundo, le pareció ver que la figura lloraba. Entonces, Mora habló otra vez y la sacó de su ensimismamiento.
-Ya sé… -susurró con voz profunda y, de manera escalofriante, casi ajena- ya sé lo que voy a hacer.
Y, antes de que Catalina hubiera podido comprender algo, Viola había cruzado la habitación y, tomándola de la camisa con firmeza, la había arrinconado contra la pared.
-No pueden intervenir –murmuró, enfatizando cada palabra con golpes sobre su pecho.
Tan sorprendida como alterada, Catalina se puso de pié. El hecho de que la mujer tuviera la fuerza suficiente como para arrastrar a Mora hacia la pared era asombroso, pero eso demostraba que Viola era más peligrosa de lo que pensaban. ¿Y a qué se refería con eso de que no podían intervenir? ¿Qué era lo que estaba pensando Mora en ese momento?
Las mujeres se sostuvieron la mirada con furia, hasta que Mora se quitó las manos de la vieja con un movimiento apresurado y violento al mismo tiempo. Miró a Catalina por un instante, que comprendió que era momento de irse, y se volteó en dirección a la puerta.
-Vos no sos nadie para decirme lo que puedo hacer o no. Si entendieras tanto cómo funciona el mundo, saldrías un poco más de tu casa.
Y con esas palabras hirientes, se expuso al tormentoso día que la esperaba al otro lado de los muros.
Catalina la siguió casi corriendo, enfurecida por no comprender nada de toda aquella extraña situación. Una vez afuera, totalmente empapada por la lluvia y el granizo que la golpeaban con fuerza, tomó a Mora del brazo y la enfrentó.
-¿Podés explicarme qué es eso del sueño?
Mora entornó la mirada hasta convertirla en una sombra oscura y deslucida. Ya no le importaba qué cosas sabía Catalina o no, lo único que sabía era que debía hacer algo.
-Soñé que veía a Maia morir –dijo de una, sin preocuparse demasiado por el significativo contenido de su confesión.
Catalina se mantuvo inmóvil, abrumada por las palabras que Mora había pronunciado.
-¿Qué? –sólo logró decir.
Mora suspiró profundamente, demostrando que su preocupación se mantenía oculta detrás de sus ojos, pero que, de todas formas, allí estaba; aún era capaz de sentir algo.
-Eran los cuatro ases, Catalina –dijo, en un tono más suave- En mi sueño, era él quien la mataba, y lo peor es que creo que ese día es hoy.
Él. Él era aquel hombre peligroso que Maia había adoptado como marido, pero que demostraba en todo sentido cuanto podía equivocarse una persona al elegir un compañero de vida.
La horrible sensación que venía atormentando últimamente a Catalina revolvió su estómago y su cabeza por igual. La certeza de no tener certeza alguna, golpeó contra todas las bases de su conciencia. El sólo hecho de pensar en ese desmoronamiento interno hizo que, necesariamente, tuviera que agacharse hasta encontrar la firmeza de la tierra en contacto con sus manos.
El polvo, algo mezclado con pequeños sedimentos, le lastimó las palmas haciéndoselas arder. Sin embargo, el dolor resultaba algo totalmente secundario en aquella mente. Intentaba concentrarse en la boca de su estómago que luchaba arduamente por mantener dentro todo aquello que no debía ser expulsado: lo poco que había comido parecía haberse multiplicado hasta rebalsar su organismo.
Jadeó. Cerró lo ojos sólo para intentar evadir el presente. No obstante, el futuro era todavía más frustrante. Y el pasado, inútilmente feliz, era tan inservible que deseó no tener memoria, pues constituía una condena eterna de infelicidad. Nunca más habría una Catalina porque ella ya no existía.
La explosión seca fue acompañada por un ruido agudo. El sonido a vidrio roto hizo que su ensimismamiento se esfumara dejándole paso a aquel presente que tanto quería evadir. Evidentemente, la rotura se había producido en los alrededores inmediatos, ya que había sonado aterradoramente cercana.
La muchacha se incorporó buscando con ojos desesperados a Mora. Examinó el lugar girando sobre sí misma y apuntando su vista hacia cualquier lugar que pudiese funcionar como escondite. Deseó con todas sus fuerzas que lo que asomaba en su cabeza no fuese posible. La desaparición de su amiga tornaba evidente la veracidad de su pensamiento: Mora, de forma activa o pasiva, debía estar relacionada con aquel vidrio despedazado.
En un haz de vivacidad, volteó su cabeza hacia las casas humildes que se enfrentaban al complejo universitario. Una puerta abierta llamó su atención; justamente esa contigua a la puerta gris. Aquella que significaba sólo una cosa: Maia.
Catalina corrió olvidándose por completo de su estado estomacal. Sin siquiera saber el por qué, y cómo si sus ojos tuvieran una noción del destino diferente, las lágrimas corrieron por sus mejillas hasta alcanzar su boca entreabierta. Las bocanadas de aire limpiaron sus pulmones pero no lograron desenredar aquel nudo que obstruía su garganta por alguna extraña razón. La desesperación se adelantaba a cualquiera de los pensamientos de la joven que, a esa altura, era presa de la reacción de sus sentidos. No le pertenecían ni su mente ni su cuerpo.
Todo aquello que pareció interminable se empequeñeció en aquel mismo momento en que sus piernas atravesaron el misterioso umbral. La casa, con una estructura idéntica a la de Viola, reflejaba la misma histeria que portaba la mente de Catalina. Las paredes grises y tristes lucían la misma consternación que los ojos de Mora expulsaban.
El horror en el semblante de la segunda muchacha explicaba, aún más que la imagen misma, lo que había sucedido. Una muerte. Anunciada por cartas inmundas y sabias. Leída por aquella mujer asquerosa e infernal. Ignorada por dos jóvenes que jamás habían entendido la pesada carga del destino sobre sus hombros.
Un grito, aún más agudo que el sonido del impacto de la bala sobre el vidrio, hizo que ambas muchachas reposaran su mirada en la mujer esquelética. Lloraba con un llanto suplicante y colmado de preguntas. Alzaba las manos en dirección a Mora para luego dirigirse a Catalina. Las señalaba con dedos rojos y manos colmadas de muerte. Su balbuceo incomprensible desgarraba cada fibra viva que Mora sentía dentro de su cuerpo; porque cada mínima parte de su cuerpo era culpable del dolor de esa voz.
El arma se desparramó por el suelo hasta llegar a los pies de Catalina que no se atrevió ni a patearlo lejos de ella. Sólo miraba a la persona que la había dejado caer, a aquella que la había empuñado con firmeza para luego temblar con su poder. No comprendía nada de lo que veía, pero lo que más aturdía a Catalina era justamente reconocer a Mora en ese cuerpo.
¿Qué tanto podía cambiar una persona en sólo unos días?
La bala había entrado límpidamente cerca del hombro y había traspasado la carne rompiendo luego el ventanal. La arteria carótida que portaba la vida de esos latidos violentos era también la fuente de su muerte. La sangre brotaba con cada bombeo que el corazón lograba realizar -cada vez eran menos frecuentes-, y el líquido rojo disminuía, por lo que el último palpitar se acercaba. Las tres mujeres observaban inertes esa muerte lenta y precisa: el hombre, ya con lo ojos cerrados, dejó caer el puño a un costado de su cuerpo. Aquel puño asesino, a su vez, tanto de él como de su esposa.
Maia gritó recostándose sobre el pecho de su marido, colmando su cuerpo de sus últimos atisbos de vida. Era increíble como el cese del hombre, tan paulatino, podía compararse con el de una gran máquina de engranajes: y es que el motor decidiría cual sería la última vuelta de la rueda. Era el fin. Todo había terminado, las cartas, el juego, Viola, ellas.
Mora corrió sin siquiera pensar, dejando tras si un desastre que no tenía solución. Primero porque aún no existía medicina alguna para enmendar la muerte y, segundo, porque su actuar había arruinado toda su vida; cargaría por siempre con el pesar en la consciencia de que había matado a un hombre.
Llorando por primera vez en meses, alcanzó la vía con la mente repleta de pensamientos que, junto con la lluvia, nublaban su vista. Además, los truenos resonaban con fuerza arrebatándole también la capacidad de oír. Se movía en una burbuja que no le permitía relacionarse con el exterior, aunque tampoco lo merecía; no después de lo que era capaz de hacer.
Se acercaba a Peña. A sus espaldas, oía como un lejano eco los gritos de Catalina que sonaban como un sitio seguro, pero ella lo único que deseaba era correr en libertad por última vez. Y eso hizo.
Pero, de manera inesperada, un rápido haz de luz la cegó. ¿Había sido un refucilo? No; había sido demasiado luminoso. Entonces, notó que ya no corría. Se hallaba tendida sobre algo áspero y duro, una textura del todo desconocida al tacto, pero no a la vista. Era el asfalto.
La lluvia alcanzaba su rostro con violencia, por lo que quiso girarse. Sin embargo, todo su cuerpo se encontraba adolorido, así que prefirió quedarse inmóvil. Y así pasaron varios segundos, minutos quizá.
Oyó gritos. La realidad comenzó a reaparecer a su alrededor, pero los recuerdos permanecían borrosos, casi como una niebla sin fin. Entonces, una mano conocida agarró la suya y, con mucho cuidado, se dejó caer a su lado. Pero todo comenzaba a oscurecerse.
Catalina observó el rostro de su amiga y con delicadeza limpió un delgado haz de sangre que resbalaba por su mejilla. Mora permanecía tan quieta sobre sus brazos que le daba miedo.
-¡Llamen una ambulancia! –Dijo, con la voz quebrada, a la gente de Metamorfosis que yacía a sus espaldas.
-Mora… -expresó, en un tono más bajo- Mora, decime algo…
Y comenzó a llorar. Sobre su hombro, la mano de Manuel se posó en un intento de reconfortarla, pero nada podía quitarla del estado de histeria en que se encontraba; ni siquiera el chico de diseño que corría hacia allí.
-¡No la muevas! -dijo alguien, acercándose.
-¡No la toquen! –bramó ella, aferrándose a Mora. Y, otra vez en un tono débil, le habló a su amiga.- Mora, por favor…
No tenía sentido; no podía terminar así. Todas sus aventuras tenían un comienzo embrollado, pero un final feliz, casi como una comedia. Pero eso ni se acercaba a los desenlaces que ellas conocían, porque nunca, ni siquiera en un arrebato de oscuridad, habían podido imaginar que una de ellas podía llegar a tener un accidente.
Catalina cerró los ojos y mantuvo sus manos lejos del pecho de su amiga donde su corazón había palpitado con furia por la adrenalina del asesinato que había cometido, pero que, ahora, no se atrevía a escuchar. Porque, si ese corazón que tan bien conocía había dejado de latir, su existencia ya no tenía sentido.
Y más y más brazos se cerraron en torno a sus hombros, instándola a soltar a Mora. Pero ella estaba decidida a no hacerlo. No quería saber si su pecho aún se movía al acompasado andar de su respiración y, en tanto desconociera la respuesta, su mejor amiga seguiría viva.
Rocío Fernández – Valentina Dorzi
-PHENOMENA-
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