Boleto al Futuro

TE LLAMAN PORVENIR PORQUE NO VIENES NUNCA

Capítulo 2 – Insomnio 14 septiembre 2009

Archivado en: Boleto al Futuro — Phenomena @ 00:02

cap2

 

(DESCARGALO ACÁ)

 

 

“La noche nos encuentra y nos sorprende por su extrañeza; ella libera en nosotros las fuerzas que, durante el día, son dominadas por la razón.”

Brassaï

 

 

 

          -¿Todavía estás despierta?

          La voz de Mora sonó vacilante, pues no había pronunciado palabra alguna en horas. Ya había perdido la cuenta de la cantidad de veces que el ligero resplandor del celular de su amiga la despabilaba, y eso, sumado a la conmoción que aún no lograba eliminar de su organismo, estaba obstruyéndole la involuntaria capacidad de dormir.

          Un revuelo de sábanas le hizo llegar una corriente de aire. Al crujir de las tablas de la cama contigua, lo siguió una serie de pasos firmes y ofuscados que se alejaron en dirección a la puerta. Luego, la habitación apareció delante de sus ojos revelándole a su amiga. La consternación se reflejaba en su rostro.

          Mora se incorporó algo preocupada y estudió el comportamiento de la muchacha que observaba fijo la pantalla del celular. Sin lograr comprender aquello que la mantenía en vela, alzó sus hombros mostrando confusión.

          -¡La pendeja no me responde! –Gritó la otra, incapaz de contenerse.

          Catalina revoleó su celular en dirección a su cama y, luego, se dejó caer a los pies de Mora.

          -Una persona normal duerme a las tres de la mañana –respondió Mora, de mal humor.

          Catalina se llevó las manos al rostro, ocultando sus emociones.

          -¿No entendés que está en la casa del novio y yo la estoy cubriendo?

          Su voz se escapó ahogada por entre sus dedos. Tanto, que a Mora le resultó difícil descifrar el mensaje.

          Pilar era una de esas hermanas a las que siempre había que cubrir, te gustase o no. Más cuando el arquetipo de mujer que la había criado sólo le había enseñado a ser irresponsable y hedonista. Su padre se quejaba continuamente de lo idéntica que era la muchacha a su madre, lo cual había generado en la pareja infinitas discusiones.

          Catalina siempre había sido partidaria del lado paterno de la disputa. Su madre y su hermana lograban entenderse tan bien como ella con su padre, por lo que, luego de la separación, la familia había quedado dividida en partes equitativas. Desde hacía casi dos años, Catalina vivía con su padre, el cual le ofrecía una vida tan libre como desestructurada. Ideal para una adolescente.

          En cuanto a la compañía femenina, Mora era todo cuanto ella necesitaba. Si no hubiera sido por la similitud de edades, ésta también hubiese sido su madre; reemplazaba todo aquello que Catalina había heredado de una pelea de intereses adultos: una hermana egoísta y una madre que ni siquiera había planeado tener hijos.

          El simple hecho de repasar la prematura edad con la que su madre la había concebido hizo que volviese a insistir con el celular; esta vez, con un largo llamado. Mora, expectante ante la reacción de su amiga, se sintió capaz de escuchar la fricción que los pensamientos de su amiga provocaban en su cabeza. Ante el lejano resonar de la voz del contestador, se puso de pié y se dirigió hacia el televisor. Estaba visto que esa noche no iban a dormir.

          -Voy a poner la pava –dijo Mora, sin esperar contestación alguna.

          Catalina la miró con ojos incendiados. Luego, deslizó el aparato en su bolsillo y se dejó caer sobre la cama. Lo último que Mora logró ver fue que su amiga ahogaba un incontenible grito en la almohada.

          La lluvia persistía con ferocidad al otro lado de los muros, manteniéndolas cautivas y en soledad en aquella inmensa casa. No obstante, los ruidos que ofrecían los muebles y escalera le hacían pensar que, a pesar de la lejanía, los padres de Mora se encontraban allí, en vez de en su viaje, caminando por la casa.

          Mora sacó la alarma, se adentró en la cocina y comenzó a preparar el mate. Pocos segundos después, Catalina apareció en la habitación. En silencio, caminó hacia la barra desayunadora y se sentó sobre una banqueta.

          Mora la observó con discreción. La chica mantenía los brazos cruzados sobre la mesa y observaba fijo la pulcra superficie de madera. Era hora de que hablaran.

          -¿Pudiste comunicarte con ella? –Preguntó Mora, sin mirarla. Algo le hacía pensar que ese ínfimo detalle evitaría una discusión inmediata.

          -No –manifestó Catalina, cortante.

        Un largo silencio tomó lugar, viéndose interrumpido por un estruendoso relámpago que las puso alerta. La contestación de Catalina había dado tan poco pié para una conversación que Mora consideró que lo mejor que podría hacer era ir directamente al grano.

          -¿Qué pensás de Viola?

          Catalina la miró de manera fulminante y dibujó un extraño gesto que la volvió terrorífica.

          -¿Qué? ¿Qué pienso además de que es una enferma? –Preguntó, a la defensiva.

          -Eso ya lo habías dejado en claro… -Casi susurró Mora, frustrada por su falta de colaboración. El mal humor de Catalina la ponía, si era posible, de peor humor que ella.

          -¿Qué querés que te diga, Mora? –Dijo, alzando la voz.

          -Que no le creíste –respondió la joven, fijando sus ojos en los de ella- Que, como yo, te diste cuenta de que la mina estaba loca.

          Catalina dejó escapar un bufido y negó con la cabeza mientras dejaba escapar una mueca.

          -No entendés… -Murmuró, aún enfadada.

         En otras circunstancias, Mora se hubiese enojado por su comentario (porque si  había algo que odiaba era que su amiga, de manera implícita o explícita, recurriera a su condición de hija única) pero, considerando que Catalina probablemente se encontraba conmocionada por los hombres, no dijo nada.         

          Es que, a pesar de lo que había dicho Viola sobre Pilar, el haberse dado cuenta de que no eran tan adultas como creían había sido un golpe muy bajo por parte del destino. Simplemente sucedía que, a pesar de que creían haber tenido los límites de irresponsabilidad bien demarcados, por un error de cálculos las cosas podrían haber salido muy mal. Es decir, ¿Qué habría sido de ellas si no hubiesen visto la puerta? O, peor aún, ¿Qué tal si la casa de Viola hubiese estado cerrada con llave? Considerando los altos pastizales que se alzaban por el jardín… Cerró los ojos forzosamente. No quería ni pensarlo.

          Catalina se puso de pié y se dirigió a la computadora. Su amiga se mantuvo sobre la mesada tomando mate a solas, aunque era perfectamente consciente de que nada de lo que comiera podría llegar más allá de su garganta. Además, la inagotable lluvia golpeaba los vidrios con furor, lo que, sumado a la discusión que habían tenido segundos atrás, les apagaba considerablemente sus estados de ánimo.

          El silencio se vio únicamente interrumpido por los dedos de Catalina al recorrer el teclado, probablemente chateando. Mora se mantuvo alejada, sentada sobre la mesa mientras, dubitativa, miraba al patio. Sobre la medianera y, a pesar de la tormenta, los gatos comenzaban a caminar.

          Un grito melódico y prolongado hizo que sintiera un escalofrío en la nuca. Se volteó. El sonido, aún resonando en el ambiente, provenía de la computadora. Catalina, mientras tanto, miraba fijo a la pantalla.

          -¿Qué es eso? –Preguntó Mora, mientras caminaba hacia ella.

          La chica se limitó a poner play otra vez.

          Una extraña sucesión de imágenes descoloridas comenzó a pasar con extraña rapidez mientras la voz femenina llenaba el lugar. Se sucedían tan rápido que los textos que mostraban eran ilegibles pero, a su vez, algo les hizo agradecer verse privadas de ello; todo apuntaba a que no decían nada bueno.

          Una vía, un comodín, ojos, otro comodín, cartas. Fugaces pero, para ellas, claramente entendibles. Repitieron el video unas diez veces prestando atención a cada detalle nuevo, a cada palabra. El enhebramiento de pensamientos era lento y progresivo en la mente de las chicas que, calladas, inundaban su propio interior de conjeturas.

          Mora se refregó los ojos que, por mirar fijo la pantalla, comenzaban a irritarse y enrojecerse. Se alejó de la esquina donde su amiga continuaba observando una de las imágenes y sacó la pava del fuego otra vez. La llama de la hornalla, ahora libre, envolvía el ambiente con una iluminación roja azulina. Afuera, la noche seguía siendo azotada por un cruel aguacero.

          Alargando el brazo, Mora le ofreció un mate a su amiga. Ésta, a pesar de su alteración, aceptó la infusión. Succionó rápidamente y el calor de la bebida enrojeció, casi al instante, sus mejillas. Aquel pequeño e insignificante vínculo volvió a reunir sus miradas. Por tan sólo un momento, todo aquello que las unía se reflejó en sus rostros que, por primera vez en la noche, no estaban tensos ni compungidos.

          Un trueno cayó haciendo temblar los vidrios de la casa y sus miradas. Ninguna se movió de su lugar, pero ambas observaron, por varios minutos, el enorme ventanal que daba al patio. Vacío y negro, siempre les fascinaba contemplarlo bajo la luna.

          Nuevamente, Catalina giró la cabeza hacia la pantalla. El video, estancado en la misma imagen desde hacía varios minutos, mostraba una frase algo amarillenta sobre un fondo negro.

“Una mirada a tu destino no lastima a nadie”

          Un refucilo iluminó las pupilas ambarinas de Catalina haciéndolas parecer aún más brillantes. Estaba tan concentrada en aquella frase que, de haber aguzado más la mirada, Mora hubiese podido leer las palabras en sus ojos. No quería hablar, tenía sueño y, realmente, no deseaba saber la procedencia de aquel video; además, estaba segura de que todas las ideas de Catalina desembocarían en un solo nombre, el cuál, de hecho, no quería escuchar: Viola.

          Otro trueno. La espesa negrura se tajó con el fenómeno estruendoso. La ventana titubeó ante la potencia y provocó un eco duradero en la habitación. Ésa no era una noche apacible y contemplable, por lo que Mora, enloquecida ante la innumerable cantidad de refucilos, decidió bajar la persiana.

          Los ruidos de la tormenta, ya casi como un trasfondo musical, comenzaban a formar parte del silencio de la noche. Desgarrador y agudo, aquel alarido no tenía nada de familiar. El grito -por que eso era- cargado de temor, erizó los pelos de la nuca de Catalina.

          Se giró sobre la silla y observó a su amiga que, exaltada, se alejaba del vidrio. En pleno ataque de nervios, gritaba y caminaba hacia atrás con la mirada fija en el jardín. Desde la posición de Catalina, Mora sólo era una loca gritando sin razón. Sin embargo, cuando pudo ubicarse a su lado entendió qué era lo que realmente sucedía.

          Ahogando un chillido cargado de horror, la chica se llevó las manos a la boca. Ambas observaban la negra figura que se recortaba de la nula profundidad. Con una estatura que no sobrepasaba los treinta centímetros, el animal resultaba tan terrorífico como conocido y, además, las miraba con ojos ausentes y gelatinosos.

          El gato ciego se encontraba sentado frente a la ventana, moviendo la cabeza primero hacia Mora y, luego, hacia Catalina. Tal y como si no estuviese privado de su sentido, las seguía con la vista a través de la capa blanca que envolvía sus globos oculares. Espantaba hasta hacerles sentir una horrible sensación de vacío en el estómago. Todo por sus cicatrices, por su mirar, por lo cadavérico de su delgado y apaleado cuerpo.

          Sentado e inmóvil, el felino no parecía decidido a moverse de la ventana, la cual, aún al descubierto, les quitaba el valor de arrimarse a bajar la blanca persiana de plástico.

          -¿Qué hacemos? -Dijo Catalina, hablando sin un ápice de enojo por primera vez en la noche.

          -Nada. Es un gato, nada más -respondió Mora, intentando parecer racional, aunque su voz denotaba un miedo atroz.

          -El video, la frase, el gato -gritó Catalina, apuntando con su mano hacia la computadora y, seguidamente, hacia el animal.- Yo no estoy loca. –Agregó, en respuesta a Mora que, aunque aparentando, había puesto sus ojos en blanco.

          Inmediatamente, se paró y caminó ignorando al animal que seguía sus movimientos. Con cada paso que hacía, el felino giraba la cabeza como si, a pesar de lo que demostraba su anatomía, pudiera verla.

          Catalina cerró los ojos, negó con la cabeza y, en voz alta, leyó la pantalla.

          -Una mirada a tu destino no lastima a nadie. –Su voz flaqueaba-.  Lo dijo Viola.

          Y no la vio más; ni a ella, ni al gato, ni la habitación, ni siquiera sus manos. La iluminación del lugar había desaparecido.

          Se mantuvieron inmóviles sin sentirse capaces de pronunciar palabra alguna. Luego, cuando sus ojos lograron acostumbrarse a la oscuridad, Mora caminó hacia el interruptor más cercano y lo oprimió. Como era de esperarse, nada sucedió. La tormenta, como partícipe de una temible película de terror, se había llevado a la luz.

          -Velas –susurró la chica, moviéndose a ciegas a lo largo de la cocina, pues las únicas fuentes de luminosidad eran la hornalla que aún permanecía encendida y la aguada luz de la luna que atravesaba las ventanas.

          Con agilidad, encendió varias velas de diferentes colores que dibujaron un tinte amarillento sobre su piel.

          Levantó la mirada y observó a Catalina. La joven observaba al gato que, por primera vez en la noche, mantenía su atención en alguien más: otro felino. Ambos les dedicaron una profunda mirada estremecedora y, luego, treparon la alta medianera.

          -Vayámonos a dormir de una vez –propuso Mora, con tono suplicante.

          Catalina no respondió, sino que se limitó a darle la espalda y dirigirse escaleras arriba. Mora, de una vez por todas, bajó la persiana.

          Su cabeza se encontraba hecha un lío, por lo que la mejor idea que tuvo fue relegar las conjeturas para la mañana; con Catalina ya tenía suficiente. Sin dudas, había algo más que aceptar que puras coincidencias, pero su mente cerrada tardaría en acostumbrarse a la idea.

          Apagó la hornalla, puso la alarma y comenzó a subir las escaleras. Afuera, un prolongado lamento de felinos se alzó sonoramente hasta calarle los huesos. Nunca le habían gustado los gatos y, definitivamente, ese no era el momento para empezar a apreciarlos.

          Entró en la habitación y, bajo la tenue luz de la vela que sostenía, contempló a Catalina. Yacía de pié apoyada sobre la pared con el celular firmemente aferrado en su mano derecha. En sus ojos se reflejaba la preocupación.

          -Hablé con ella –expresó, buscando su mirada.

          A Mora no le tomó demasiado comprender lo que estaba sucediendo, porque si había gestualizaciones que conocía mejor que las suyas, eran las de su amiga. No se atrevió a moverse, ni a hablar, ni siquiera a respirar. De lo único que fue capaz, fue de sostenerle la mirada.

          -No te sorprendas mucho –dijo, con extraño cinismo en la voz- era de esperarse. Por supuesto que está embarazada.

 

 


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5 Responses to “Capítulo 2 – Insomnio”

  1. Alu Dijo:

    Tre-men-do. Muy buen capítulo chicas, las vulevo a felicitar! Espero con mucha espectativa la próxima entrega! :)

  2. German Dijo:

    impresionante ro! sos una genia no te tenia con esto!. saludos

  3. Kufin Dijo:

    Como jurado de la Mesa de Novelas y Poesías, califico este capítulo con un 8.70 ¿? jajajaja. Na fuera de joda, ta bueno, sigan asi, te quiero novia mia ♥

  4. Juancito Dijo:

    capo ro ya tiene novio y se llama Juani . ok? ;)

    Besos Ro y Valeee. Felicitaciones jaja =)

  5. tyess Dijo:

    Bien, muy bien.
    Ya me imaginaba yo que la edad de la hermana no era excusa. La escena con gatos, apagón, relámpagos y velas… Bieeen.


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