Boleto al Futuro

TE LLAMAN PORVENIR PORQUE NO VIENES NUNCA

Nuevo Cronograma 17 noviembre 2009

Archivado en: Información — Phenomena @ 19:24

Queridos Phenolectores:

Con motivo de las crecientes obligaciones universitarias que están afectándonos a nosotras, a ustedes y (¿por qué no?) a Mora y a Catalina, el capítulo 11, previsto para el lunes 24 de noviembre, será presentado el 30 del mismo mes, así como todas las notas editoriales y recomendados de la semana serán pospuestos. De esta forma, evitaremos que el capítulo sea de mala calidad, y que, en efecto, no les guste ni a ustedes ni a nosotras. Es que, dicho sea de paso, los últimos tres capítulos son los más jugosos de toda la temporada.

¡Gracias por la comprensión y por leernos!

(y suerte con sus parciales y finales)

 

Phenomena

 

 

Capítulo 10 – Sobre Soledad y Compañía 16 noviembre 2009

Archivado en: Boleto al Futuro — Phenomena @ 00:08

cap10

 

(descargalo acá)

 

“Poned atención: un corazón solitario no es un corazón.”

Antonio Machado

 

 

Me adentré en la vieja casa de olor a incienso y, sin siquiera preocuparme por las cortesías, tomé asiento en la misma silla que ocupaba siempre. Viola tomó su caja de Marlboro, buscó un cigarrillo con sus espigados dedos, y se sentó de frente a mí. En pocos segundos, el aroma a tabaco llenó la habitación.

Una vez lo suficientemente deleitada con su adicción, me miró con ojos profundos y comenzó a tamborilear sus dedos sobre la mesa. No sé si fue la reciente situación de pelea, o aquel repiqueteante sonido que llegaba a mis oídos pero, de repente, me sentí histérica; fuera de control.

Cerré los ojos e intenté calmarme, no era momento para las explosiones de mi cambiante humor. Respiré profundo llenando mis pulmones de ese humo blanco y espeso, y me concentré en ella otra vez, que había estado observando cada uno de mis movimientos con ojos críticos.

-Tiré las cartas pensando en Maia y aparecieron cuatro ases, todos juntos, acompañando su figura y la de su marido –dije, buscando conversación.

Viola pitó nuevamente y, mientras afirmaba con la cabeza demostrándome que ya sabía todo eso, dejó caer las cenizas grisáceas dentro de un horrible plato de postre.

-Bueno –dijo- habrás de tener alguna sospecha.

Solté un sonoro suspiro y dejé caer una mano sobre la mesa, estirando el mantel en aquellos lugares en que se había arrugado.

-No –admití, como si eso resumiera que yo no era la elegida- no tengo ni idea.

-Mentira –afirmó, casi interrumpiéndome.

La miré a los ojos, encontré aquel aire burlón y sabio al mismo tiempo, y me puse de pié. Comencé a caminar de un lado a otro del sitio pateando, de vez en cuando, alguna colilla de cigarrillo que Viola había dejado caer. La situación era para ponerme nerviosa.

-¡Es que son esos sueños! –Casi grité, agarrándome la cabeza- No paro de tenerlos. ¡Y los gatos…!

Me volví hacia ella otra vez, creyendo que con eso le alcanzaría para darme una explicación, pero me equivoqué.

-Contame tu sueño.

Aún exaltada, me acerqué a una deteriorada pared y apoyé mi espalda como si necesitara de esa firmeza para mantenerme en pié.

-No sé donde estaba, no recuerdo las caras tampoco –expliqué- había muchos gatos, creo que diez… –agregué, entornando los ojos como si eso ayudara a mi memoria.

Me mantuve en silencio unos segundos, intentado recordar la mayor cantidad de datos que pudiera. Luego, algo más segura, continué con mi monólogo.

-Lo cierto es que Maia estaba ahí, discutiendo a los gritos con este hombre. No… –me corregí- el que gritaba era él. Después, llegaba Catalina. Me miraba con horror, me agarraba de la mano, y salíamos corriendo. Y, antes de que nos hubiéramos ido, los gritos se habían acabado. Sólo se escuchaba una respiración agitada.

Terminé de hablar y contemplé al gato, que ahora se movía cerca de mí. Me acerqué hacia él con la intención de acariciarlo, pero soltó un agudo y sonoro maullido que me alejó. Entonces, no volví a contemplarlo.

-Puede que tenga relación con las cartas –dijo Viola, apagado su cigarrillo en el plato- ¿Qué sacamos en limpio de ese sueño?

No dije ni una palabra por lo que pareció una eternidad, pero finalmente me decidí a hablar. Algo estaba haciendo ruido en mi cabeza.

-Que alguien va a morir –solté, convencida de que eso era verdad.

Viola se reclinó en la silla y luego me contestó.

-Exactamente.

 

* * *

 

Cada paso que había dado hacia la facultad había estado acompañado por un silencioso insulto. Para ella, para la vieja, para mí. No volteé y, contrariamente a lo cotidiano, opté por ir a la clase de Literatura Europea.

Obviamente, la clase no logró despejar mi cabeza. De hecho, lo único en que podía pensar era en Mora: me preocupaba la obsesión que tenía con todo este asunto de las cartas. Y, sobre todo, con Maia. ¿Qué pasaba si Mora decidía intervenir sola? ¿Y si le pasaba algo? También sería culpa mía. La conciencia comenzaba a jugarme en contra justo cuando la profesora de cabellos grises anunciaba un escaso descanso de cinco minutos.

Me quedé sentada en el banco, apoyada sobre la carpeta aún cerrada. Observé a los estudiantes amontonarse en la puerta como hormigas. Algunos sostenían una caja de cigarrillos en la mano y otros simplemente conversaban, mientras escapaban de la falta de aire de aquella aula. En el lugar sólo quedaron algunas personas que, en silencio, escondían la mirada entre sus fotocopias; obviamente eran personas solitarias; por lo menos, en aquel lugar. Paradójicamente, esa valoración también me correspondía: había pasado de ser la compañera de aventuras de Mora a convertirme en un ser totalmente silencioso y aburrido.

-¿Y tu amiga? –inquirió una voz grave y blanda al mismo tiempo.

Giré sobre mi silla y me topé con un azul profundamente incomparable. A pesar de la pregunta inquietante, mi cabeza no logró focalizar otra cosa que no fuera aquel par de ojos. Ojos turquesas, pensé para mis adentros.

El hombre movió su mano simpáticamente en señal de saludo, más para que dejara de mirarlo tan arduamente que para ser cordial.

-Soy Manuel –dijo con una voz que, teñida del azul de sus ojos, sonó pacífica como un inmenso mar.

Esta vez sonreí intentando evitar el vergonzoso comportamiento anterior.

-Catalina –respondí, estrechando su mano de uñas crecidas.

El silencio inevitable acudió a la conversación, por lo que, para evitar aquella incomodidad, volví a mirar hacia el frente. No tenía humor para andar hablando con un extraño.

-No me respondiste –volvió a decir mientras, en forma impaciente, me tocaba el hombro con uno de sus dedos.

A pesar de la estimulante oferta de sus ojos, esta vez me levanté agarrando el cuaderno y la mochila y me dirigí hacia la puerta. No golpeé ningún banco y, de hecho, nadie se dio cuenta de que me iba. Bueno, en realidad, hubo alguien que sí se dio cuenta.

-Catalina, perdoname.

Deseaba darme vuelta y encontrar a mi amiga. Sin embargo, Mora jamás recapacitaría. Aquel muchacho, en cambio, me estaba pidiendo perdón sin haberme ofendido. De hecho, si existía alguien que debía disculparse era yo.

Caminé hasta la escalera del tercer piso y luego tomé el camino que me llevaba a la facultad de arquitectura. Manuel me seguía, sin hablar, pisándome los talones. Cuando llegué a la fotocopiadora, volví a subir una de las escaleras y me adentré en el baño. Una vez allí, me apoderé de uno de los cubículos y me arrodillé frente al inodoro. Las nauseas eran inaguantables, por lo que no me importó el estado deplorable del baño. La cabeza me daba vueltas y, el sólo hecho de pensar en Mora, hacía que las arcadas aumentaran. ¿Y si le pasaba algo?

Salí y enjuagué mi boca con agua. Al levantar la cabeza observé un reflejo realmente espantoso en el espejo. Las ojeras y la palidez hacían un contraste tan monstruoso como preocupante. La flacura de aquellos brazos también era novedosa, aunque la cicatriz más visible en aquel cuerpo era el dolor. Estaba realmente sola, y ni siquiera el odio podía apaciguar ese sentimiento.

Huí del baño para escapar de aquella imagen. Intenté correr, pero el enorme cuerpo de oso me detuvo. Y así, fugazmente, me encontré abrazada por aquel extraño, y sollozando entre su chaleco celeste. Los enormes brazos cubrían todo mi cuerpo casi acurrucándome, como si fuese una niña.

-¿Qué pasa? –preguntó la voz grave y blanda.

-Mora –grité, con un nudo en la garganta- Mora está en peligro.

Me senté al pie de la escalera mientras Manuel secaba mis lágrimas. La gente que nos rodeaba para subir o bajar los escalones nos miraba de forma extraña, después de todo la facultad no era el mejor lugar para romper en llanto. Al darse cuenta de esta situación, él se levantó tomando mi mano y jalándome también a mí.

-Vamos afuera –soltó con una sonrisa, como si yo fuese alguien muy frágil.

Caminé a su lado sin siquiera saber por qué lo seguía, y al llegar a la puerta de la facultad de humanidades frené de golpe soltando mi mano de sus dedos. Manuel miró hacia atrás observando mi postura estática y, casi siguiendo la dirección de mi mirada, logró visualizar, como yo lo había hecho, a Mora. Ella se encontraba sentada en la entrada de la facultad sin una nota de preocupación en sus facciones, y acompañada por un chico; uno que era realmente atractivo, al estilo Mora. Y lo que menos quise fue tener quedarme contemplándola o, peor aún, tener que hablarle. Y Manuel lo supo al instante.

 

* * *

Caminaba en dirección a la facultad cuando una voz masculina llamó mi atención. Me volteé y lo vi: era el chico de diseño que había ayudado con su maqueta el día del incendio.

Se encontraba sentado sobre las escaleras de su entrada, con grandes anteojos de sol que no me permitían ver sus ojos, y con unos extraños aires despreocupados que yo, ni deseándolo con toda mi alma, podría llegar a disfrutar. Sonriéndome y alzando una mano en mi dirección, me invitó a sentarme a su lado.

-Mora, ¿No? –me preguntó.

-Sí, ¿Cómo sabías?

Él sonrió con misterio y me contestó:

-Internet –mi cara de inocente asombro pareció darle ternura y, en igual medida, remordimiento, así que volvió a hablar; esta vez con la verdad.- No, mentira. Es que vos y tu amiga siempre salen por acá, y hablan muy a los gritos.

Qué raro. Lo miré breves segundos y, luego, recordando que me había mencionado a Catalina, fijé mi mirada en el suelo por dos motivos: primero porque él era tan atractivo que me inhibía hasta el punto de que no podía coordinar más de dos palabras, y, segundo porque él, allí a mi lado, despertaba en mi cabeza cientos de acusaciones que Catalina habría echado sobre mí de haber estado presente: este chico no se me podía escapar.

Él se volvió hacia mí; probablemente por el sonoro suspiro que no logré contener.

-¿Qué te pasa? –Preguntó- Tenés la mirada apagada.

Eso no se lo iba a contar. No quería arruinar el momento confesando todos los motivos de mi vida que estaban hundiéndome en una profunda depresión.

-Estoy cansada –improvisé.

Él rió.

-Estás mintiéndome.

¡Dios! ¿Es que ahora todos sabían lo que estaba pensando, o realmente sucedía que aquellos ojos ocultos estaban leyendo mi mirada hasta alcanzar mi mente? Decidí no mirarlo, sólo por si acaso, pero él no hizo lo mismo.

-Está bien, no tenés que contármelo. Pero preferiría verte con el tapado amarillo de esa chica –dijo, señalando a una muchacha que cruzaba el arco de arquitectura; ese que Catalina y yo detestábamos más que cualquier otra cosa.- antes que así como te veo ahora: triste.

Me puso algo incómoda, así que miré el reloj fingiendo que estaba apurada.

-Me tengo que ir –afirmé, poniéndome de pié.

Él volvió gestualizar aquella inagotable sonrisa que estaba matándome. Es que, no sólo la repentina pelea con Catalina estaba creándome en la cabeza un gran nido de confusiones, sino que él, sonriéndome y animándome a sentirme mejor, estaba logrando desequilibrar mi día hasta hacerme sentir mareada. Y lo peor fue que, tanto como yo, sabía que estaba mintiéndole.

-Nos vemos, Mora.

Y, antes de que pudiera alejarme demasiado, dejó caer dentro del bolsillo de mi campera un pequeño papel azulado: el número de su celular.

  

* * *

 

 -Tomá esto –susurró Manuel, como si alguien no debiese oírnos- Ponételo para que no te vea –continuó, ofreciéndome algo tan amarillo que los ojos me dolieron de sólo verlo.

Lo agarré y, al extender la tela plástica, me encontré con un tradicional piloto amarillo de esos que utilizan los marineros. Era horrible, pero la idea era brillante, y, por primera vez en el día, había logrado hacerme sonreír con autenticidad. Una vez puesto el sobretodo y pareciéndome a Bob Esponja, nos dirigimos hacia fuera.

Entre medio de risas, pasé por al lado de Mora sin siquiera levantar sospecha, aunque, entre el intenso color y lo desubicado del abrigo en aquel día caluroso, todas las miradas se posaron en nosotros. Una vez alejados del lugar, Manuel, tirando de una de las mangas, me ayudó a despojarme del atuendo. Luego, habiendo caminado unas dos cuadras del complejo universitario, nos sentamos en un cordón.

-¿Mejor? –me preguntó, agrandando sus ojos nuevamente.

Moví la cabeza en señal de afirmación, sin embargo, no lo miré. En otro momento, hubiese fijado mis pupilas en las suyas, para perseguirlas como a mí me gustaba, pero este no era momento.

-¿Me vas a explicar que pasa con Mora? –inquirió, al notar que yo optaba por el silencio.

Esta vez, la señal de mi cabeza fue negativa. No podía hablar con él y decirle que una vieja loca nos perseguía diciéndonos que éramos las herederas de un don, ni que podíamos saber el futuro de las personas, ni que había una mujer golpeada que reclamaba nuestra ayuda.

Además, había algo extraño en todo esto. ¿Por qué él se preocupaba por nosotras, de un día para otro? ¿Y cómo sabía el nombre de Mora? La paranoia comenzaba a hacerme delirar, por lo que miles de absurdas explicaciones cruzaron mi mente. Manuel, según mis razonamientos, podía ser un abusador, un secuaz de Viola, un secuestrador.

-¿Cómo sabes nuestros nombres? –cuestioné, mirándolo con los ojos duros.

Una sonrisa amagó con aparecer en su rostro. La dureza de mi voz era patética, por lo que le atribuí el motivo de su gracia.

-Bueno, el tuyo lo sé porque me lo dijiste aunque, en realidad, ya lo sabía. Siempre me siento detrás de ustedes, me encanta oírlas; son lo único que escucho en clase porque por lo general suelen gritar –explicó, con una mueca de satisfacción en su rostro.

Es que, mi pregunta había sonado demasiado acusatoria. Y, quizás, si sus palabras eran  reales, aquel hombre sólo quería ayudarme.

Se movió levantando una de sus piernas y metió la mano en uno de sus bolsillos traseros. Para mi sorpresa, el hombre que cada vez me parecía más adulto, sacó una caja de pastillas Wonka. Me convidó y aprovechó para meterse un par en la boca. Su cara de satisfacción me recordó a las de mis primos pequeños. Por momentos, Manuel me parecía un niño.

-No te puedo contar el por qué, pero Mora puede llegar a estar en peligro.

-Aunque me digas eso, si no me decís como puedo ayudarla no puedo hacer nada –me dijo, mientras, cariñosamente, posaba su mano en mi tobillo- Contame, Catalina, ¿Qué tiene: problemas de drogas, un pibe, es alcohólica?

El planteo me hizo reír y, al mismo tiempo, me hizo darme cuenta de cuan peligroso era lo que estábamos haciendo. Todos aquellos problemas sonaban, al lado de nuestra historia, como algo realmente leve. Es que, nuestro mayor inconveniente era que, a diferencia de las adicciones que tienen una cura, nosotras no teníamos tratamiento alguno para nuestra enfermedad. Aquel don que había surgido repentinamente, parecía haber estado dormido en nuestras venas durante un largo tiempo y, ahora, era imposible apaciguarlo.

-No –respondí– no lo tomes a mal, pero me quiero ir a casa –dije, mientras por primera vez, me hundía en el charco de sus ojos. Tenía tanta paz para ofrecerme que me resultaba imposible contaminarla con mi historia.

-¿Te puedo llevar? –preguntó, amablemente– Tengo la moto en la facu.

Los recuerdos de esa mañana hicieron que, sólo con la palabra moto, se me pusieran los pelos de punta.

-No, gracias –respondí, intentando ser cortés– No me gustan las motos.  

 

 

Rocío Fernández – Valentina Dorzi

-PHENOMENA-

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Capítulo 10 16 noviembre 2009

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Editorial 14 noviembre 2009

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librosImágenes de la Imaginación

 

Por Phenomena

 

 

 

“Si puede ser escrito, o pensado, puede ser filmado.”

Stanley Kubrick

 

 

 

Aprovechando el evento que tiene lugar en nuestra ciudad, el 24° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, retomaremos (y con Retomaremos me refiero a que es un tema bastante discutido) una cuestión que, sin ser tratada en demasía por profesionales, suele ser motivo de discrepancia entre aquellos que consumimos tanto literatura como cine. ¿Pueden combinarse cine y literatura sin que ninguna de las obras se vea perjudicada?

Es, quizás, una pregunta difícil de responder, en especial, porque se trata de dos artes completamente diferentes, y, porque, además, es imposible determinar los efectos que las obras tienen sobre las personas. Cada novela tiene cientos de interpretaciones posibles, tantas como lectores tenga, por tanto sería más que imposible lograr conformarlos a todos. ¿Quiere decir esto, entonces, que el séptimo arte podría perjudicar sus originales? Una mala representación, la eliminación de escenas a causa de la duración del film o, el simple hecho de no mantener aquella esencia que, en un principio, había atrapado al lector. Son varios y diversos los motivos, ya que, convengamos que la difícil tarea del director por comprender la mente del escritor, no siempre es bien llevada a cabo.

Sin embargo, el cine de los últimos años ha logrado acoplarse a la literatura de manera fascinante. De hecho, hoy en día, las imágenes son tan importantes para los escritores, quienes parecen tener como nueva meta la filmación de su obra, como también para los editores, quienes promueven cada vez más los book-trailers.

Por otro lado, en los últimos tiempos, los mayores éxitos taquilleros del cine han sido películas basadas en novelas. Vale con recordar la famosa saga (de libros y películas) de Harry Potter, o El Señor de los Anillo, Narnia o, más recientemente, la saga Crepúsculo (próxima a estrenar su segunda película, Luna Nueva). Estos Films, que pertenecen al género fantástico, han causado gran fanatismo, sobre todo, entre el público adolescente, logrando, no sólo la aceptación del film, sino promoviendo también la lectura de la obra. De esta forma, el cine no sólo ha logrado compatibilizarse con la literatura, sino que se ha convertido en un gran difusor de esta.

Después de todo, en muchas ocasiones, las películas basadas en obras literarias aportan un plus de realismo que hacen tangibles las imágenes que los lectores realizan en sus mentes a la hora de leer. Y, ¿qué mayor magia existe que ver a aquella persona o episodio que estuvo dentro tu cabeza tanto tiempo en la pantalla grande?

 

Recomendado (tardío) 12 noviembre 2009

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Marcelo Randazzo

 

Capítulo 9 – Dos Caminos 9 noviembre 2009

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Capítulo 9

 

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“Lo difícil no es estar con los amigos cuando tienen razón, sino cuando se equivocan.”

 André Malraux

 

 

                Catalina propuso que evitaran la vía. Mora, quien a pesar de su creciente impulsividad aún conservaba algo prudencia, aceptó. Es que no era lo mismo enfrentarse a Viola y sus cartas, que a un hombre desconocido con repelentes aires de violencia. No, con él no podían meterse.

                 Aún así, Mora continuaba preguntándose qué podía hacer para ayudar a Maia y, por sobre todas las cosas, qué explicación encerraban esos cuatros ases que habían aparecido en su futuro. Y esa respuesta sólo podía dársela Viola, lo que implicaba una pequeña incursión a la vía. Una que, de seguro, Catalina se encargaría de opacar.

                 -¿Puedo preguntarte algo? –Soltó, mientras caminaban en dirección a su casa.

                 Catalina soltó un sonoro suspiro y, sin siquiera mirarla, asintió con la cabeza. Fuera lo que fuera, aunque se negara a contestar, sabía que Mora haría la pregunta.

                 -¿Estuviste pensando en lo que nos pasó en la casa de mi abuela?

                 Catalina se mantuvo en silencio mientras sus pasos, algo apagados por el ligero rocío que cubría el césped delantero de las casas, marcaban su acompasado caminar. Por supuesto que había estado pensando en eso. Ese misterioso episodio le había generado noches enteras en vela. Ese hombre podía aparecer en cualquier sitio y en cualquier momento, y lo peor que podían hacer era bajar la guardia.

               -Sí –admitió finalmente.- Sí, estuve pensando en eso.

               Doblaron en la esquina y visualizaron la casa. Sobre la entrada, cinco gatos se mantenían silenciosos y pensativos, observándolas. Mora soltó un bufido, irritada, y comenzó a buscar las llaves en su mochila.

           Ninguna se animó a pronunciar palabra alguna. Los felinos, intimidantes, hacían caso omiso de los intentos de las jóvenes por asustarlos. Finalmente, Mora encontró la llave y, tras patear la reja, ingresaron en la casa. Una vez allí, se sintieron algo más seguras.

              Sumidas cada una en sus propios pensamientos, se encaminaron a la cocina. Los grandes ventanales que aquella noche lejana les habían provocado un terror incomparable, ahora permanecían cubiertos por mustias cortinas blancas que bloqueaban toda entrada de luz.

            -¿Cómo creés que lo hizo? –inquirió Mora, mientras Catalina se sentaba sobre la mesada, a su lado.

            -¿Cómo hizo qué? ¿Cómo escuchó nuestra conversación? –Catalina aún esquivaba su mirada, pero al menos, después de tantos días plagados de peleas y silencios incómodos, nuevamente lograban mantener un diálogo fluido.- No tengo ni idea.

              Mora negó con la cabeza.

              -No –manifestó, frustrada- yo tampoco.

              Luego, abrió la boca para decir algo más, pero la cerró otra vez. Catalina, que a pesar de que no estaba mirándola a la cara había notado el gesto, se volvió hacia ella.

              -¿Qué ibas a decir?

             -Nada –respondió la otra, apresuradamente, como si ya hubiera tenido la palabra preparada en su boca por si debía recurrir a la evasión.

              -En serio.

              La mirada de Catalina se ensombreció y Mora, vencida, olvidó inmediatamente los motivos por los que no quería hablar. Catalina tenía ese don. A veces, con un simple mirar, la intimidaba hasta hacerla sentir avergonzada.

                Mora suspiró y comenzó a hablar.

               -Está bien, pero no te enojes… –se atajó, como si Catalina pudiera saltarle encima de un momento a otro.

               -Dale –la interrumpió, instándola a hablar de una vez por todas.

               -Quiero hablar con Viola.

               Y, otra vez, el silencio irrumpió en la habitación. Es que las cosas aún estaban demasiado tensas como para estirarlas un poco más, y Mora había perdido la noción de los límites. Así que Catalina, repentinamente alterada, se bajó de la mesada de un salto y enfrento a su amiga.

               -¡No, Mora! –Casi gritó, mientras le presionaba las rodillas- Basta. Este asunto de Viola se terminó para vos y para mí. Desde que la conocemos nuestra vida no es más que una cadena de problemas.

             -No podemos dejarla ahí –casi suplicó Mora, volviendo al tema de Maia.

               Catalina miró el suelo mientras negaba con la cabeza, como buscando una forma de hacerle comprender a su temeraria amiga el razonamiento que cruzaba su mente.

              -Maia va a estar igual que antes, y nosotras vamos a hacer de cuenta que nunca la conocimos. Nadie pierde nada que no haya perdido antes, y nosotras volvemos a ser lo que éramos.

              Mora dejó escapar esa risa fría y sarcástica que ahora la caracterizaba.

              -No, estás equivocándote. Yo no puedo volver a ser lo que era antes, y vos, por más que finjas, tampoco. Nunca vamos a volver a ser lo que éramos. Es lo que pasa cuando crecés. –Agregó, casi de manera hiriente, intentando marcar una inexistente superioridad.

            -¿Le llamás crecer a esto? –Sus voces comenzaban a alzarse, pero Catalina logró tranquilizarse a tiempo. Otra discusión no ayudaría.- Mora, por favor prometeme que no vas a volver a esa vía.

            Mora respiró profundamente, intentando contener todos aquellos pensamientos desagradables que quería gritarle. Pero Catalina era su amiga, y también estaba haciendo un esfuerzo descomunal por no refregarle en la cara todos sus defectos, que eran muchos.

             Catalina se llevó una mano al rostro y, cubriéndose los ojos, sollozó casi de manera imperceptible. La situación era preocupante y sobrepasaba todo lo que ella podía soportar.

             Mora se mordió el labio, pero no porque se sintiera conmovida sino porque sabia que, algún tiempo atrás, se habría rendido ante la imagen de desesperación de Catalina. Pero esos eran otros tiempos. Ahora ella era diferente y tenía un plan.

              -Bueno –Casi murmuró. A diferencia de su amiga, ella sí sabía mentir.

             Catalina dejó su rostro al descubierto y, con los ojos enrojecidos, la observó. Mora había ablandado su mirada hasta simular remordimiento, pero no lo suficiente como para que pareciera una actuación. Ahora lo importante era salir del paso.

             -Está bien –continuó- no hablemos más del asunto.

            Nada en aquellas palabras la comprometían y, a su vez, Catalina se quedaba tranquila. De hecho, ya comenzaba a componerse.

            Mora le acomodó detrás de la oreja un mechón de cabello que le había caído sobre la cara e intentó sonreír con amabilidad. Luego, se bajó de la mesada y comenzó a preparar la mochila para volver a la facultad.

           -Me voy a lavar la cara –dijo Catalina, consciente de que ya era hora de irse.

           Mora asintió. Después, salió al patio a buscar algunas prendas olvidadas que, allí a la intemperie, sufrirían las consecuencias de las primeras lloviznas del día que en cualquier momento tendrían lugar.

           Un maullido la hizo sobresaltar. Se volteó y, frente a sus ojos, halló el viejo gato ciego, con su rostro fijo en ella. Al mismo tiempo, Catalina, que había contemplado la escena desde adentro, salió y, casi corriendo en dirección al felino, lo espantó. El animal trepó por las enredaderas y, una vez sobre la medianera, se reunió con otros tres gatos que nunca antes habían visto. Eran tan flacos y terroríficos como él.

           -¡No lo soporto más! –Soltó Catalina, pero en su rostro comenzaba a notarse el buen humor.

          -Ni te preocupes por eso.

          Mora caminó hacia la casa, se colgó la mochila, y entró en el garaje. Catalina, algo asombrada, la siguió.

          -¿Qué hacés?

          Mora tomó un casco negro que yacía sobre un mueble y se lo arrojó.

          -Hoy vamos en moto –dijo.

          Su amiga pareció sorprendida.

           -¿Y a tu papá no le molesta? –preguntó, mientras se ponía el casco sobre la cabeza.

          Mora tardó en contestar, pero lo disimuló mientras, de espaldas a su amiga, intentaba ocultar que estaba buscando las llaves de repuesto que su padre escondía. 

          -¿Qué? –replicó, mientras se ponía su casco- No, no le importa.

          Catalina no hizo más preguntas.

          Las chicas se subieron en la Honda negra y salieron al frío casi invernal de la ciudad, totalmente impropio de la estación. Pocos minutos después, alcanzaron Peña que, de manera insólita, se encontraba desierta como nunca; casi mágicamente, pues otra explicación no surcó sus cabezas, no había un alma que circulara en dirección a la facultad.

          Y cada vez se acercaba más Guido, pero Catalina no parecía notarlo. Mora, sin embargo, aferraba sus manos a la moto hasta sentir los dedos entumecidos. Y no se debía en absoluto a un posible temor por lo que planeaba hacer, sino que, esta vez, era la peligrosa necesidad del caos que desataría lo que la mantenía motivada.

          Entonces, alcanzó la vía y, dibujando una curva muy cerrada, se hundió de llano en aquel salvaje territorio que ahora conocían muy bien.

          Catalina tardó en reaccionar. De hecho, no logró pronunciar palabra alguna hasta que Mora, tras detenerse bruscamente a pocos pasos de la puerta de Viola, apagó la moto.

          -¿Qué estás haciendo? –Gritó, mientras soltaba su cintura y se bajaba de un salto.

          Mora permaneció pacífica mientras se ponía de pié a su lado y se sacaba el casco. Catalina, estupefacta, no podía dejar de observarle el rostro.

          La vieja puerta gris se abrió soltando un agudo chirrido. Viola apareció en el umbral con el viejo gato negro en la mano, y las miró. Sus ojos demostraban que sabía algo que ellas ignoraban.

          Catalina se llevó una mano a la cabeza y volvió a concentrarse en Mora. Ésta permanecía en silencio, contemplándola con el semblante vacío. Demostrándole que ya nada le importaba.

          -¿Y ahora qué? –le dijo, con frialdad.- ¿Vas a salir corriendo?

          Catalina negó con la cabeza mientras dibujaba una extraña expresión de asco. Luego, se volteó en dirección a la casa de Maia y visualizó, en aquella misma ventana en que Mora la había visto peleando con su marido, esa figura fantasmal y asustada que esperaba su ayuda.

          Se volvió en dirección a Mora y caminó hacia ella.

          -Hacé lo que quieras, pero a mí no me llames más –Expresó, mirándola fijo.

          Mora negó con la cabeza.

          -Como quieras –respondió- pero es muy ingenuo de tu parte pensar que esto va a alejarte del peligro.

          Catalina comenzó a caminar hacia la facultad, alejándose de aquella chica que minutos atrás había sido su mejor amiga. Sin embargo, un extraño alivio recorría su cuerpo haciéndola sentir segura y, a la vez, engañada. Desde que había comenzado todo ese asunto, le había resultado evidente que su amistad con Mora estaba destinada a acabar. No obstante, siempre había creído que la separación iba a ser más dolorosa, y no que, como había sucedido, a ninguna de las dos iba a importarle demasiado.

          Unos metros más atrás, Mora yacía inmóvil en su sitio, observando cómo la joven de cabello castaño se alejaba en dirección a Peña. Estaba claro que ahora, hiciera lo que hiciera, debía hacerlo sola. Pero no le molestaba, de hecho, la hacía sentir poderosa. Ya no debía pedir permisos o segundas opiniones.

          -¿Los cuatro ases?

          La voz de Viola sonó lejana y sombría, como si fuera la primera vez que la escuchaba. Mora se volvió a ella y, tras soltar un suspiro, comenzó a caminar hacia la casa.

          -Sí –murmuró- los cuatro ases.

          Era hora de averiguar lo que escondían aquellas misteriosas cartas.

 

 

 

Rocío Fernández – Valentina Dorzi

PHENOMENA

 

 


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Editorial 6 noviembre 2009

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Algo sobre...

naranjareloj 

  

“SI LOS LIUDOS SON BUENOS ES PORQUE LES GUSTA, Y NI SE ME OCURRIRÍA INTERFERIR EN SUS PLACERES, ASÍ QUE LO MISMO DEBERÍAN HACER DEL OTRO NEGOCIO. Y YO SOY CLIENTE DEL OTRO NEGOCIO…”

 

Anthony Burguess, La Naranja Mecánica

 

 

           Qué ves: ¿arte o violencia? Lo leés una vez y encontrás un mundo desconocido. Lo leés dos veces y te imaginás caminando por esas calles oscuras y vacías de libertad. Porque Anthony Burguess tuvo esa capacidad de insertar elementos totalmente opuestos, pero que lograron armonizarse hasta el punto de lo inigualable. Es que, en definitiva, de alguna forma logró condenar el pensamiento de muchas sociedades contemporáneas y, simultáneamente, de ninguna en absoluto.

          Y cuando llegás a esa conclusión, volvés a leerlo. Todavía no sabés en qué momento de la historia estás parado -porque esa es la delicada sutileza que el autor intenta marcarte con su increíble glosario Nadsat- pero, aun así, hallás dos elementos que cautivan tu atención.

          En primer lugar, aparece el inconfundible muchacho post-guerra, rebelde y enojado con el mundo, que aún sufre las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Entonces, iniciás a través de Alex una búsqueda moral de los valores sociales, deteniéndote en sus planteamientos éticos que, lejos de explicar el comportamiento humano, plantan en vos, hermano, las semillas de la reflexión: “¿Qué quiere Dios? ¿El bien o que uno elija el camino del bien? Quizás el hombre que elige el mal es en cierto modo mejor que aquel a quien se le impone el bien.”

          Y por ahí, acompañando a este joven cuya lengua ahora comprendés, observás un viejo vagabundo que, entre expresiones vacías y frases sin sentido, logra situarte en el tiempo con sus breves palabras: “¿Qué clase de mundo es éste? Hombres en la luna y hombres que giran alrededor de la tierra como mariposas alrededor de una lámpara, y ya no importa la ley y el orden en la tierra.” Indudablemente, ambas situaciones te suenan a la carrera por el espacio entre Estados Unidos y Rusia.

          Y son estas dudas las que, una vez acostumbrado a la melódica voz de Alex, te hacen desembocar en el intrínseco ámbito de la política. Notás que no sólo la carrera por el espacio condiciona el ambiente del libro, sino que el reciente establecimiento del comunismo y la extensión del socialismo te generan incertidumbres en torno al libre albedrío. De la misma forma, las políticas totalitaristas se infiltran e intentan resolver situaciones sociales en base al condicionamiento de la libertad, y logran impulsar los movimientos anarquistas. Así, hallás otro enfrentamiento que ya no tiene nada que ver con lo temporal o lo espacial, sino con la oposición entre las necesidades particulares y las colectivas. ¿Se necesita una política al servicio de la sociedad, o una política que únicamente respete las libertades individuales?

          Y cuando lográs alcanzar este punto, te das cuenta que, lentamente, empezás a sonreír. Algo te obliga a pasarte una mano por el pelo, negar con la cabeza entre risas e ironías, y exclamar, aunque sólo sea para vos mismo: “¡Dios mío, este tipo es un genio!” Porque no sólo logró disfrazarte la violencia con simples palabras desconocidas que, de manera incomprensible, logró espantarte la quinta vez que leíste el libro cuando ya usabas el Nadsat hasta para hacer los resúmenes de la facultad, sino que la fecha de edición te dejó estupefacto. 1961. Es que, justo esa mañana  compraste el diario y la descomunal cantidad de noticias referentes a violaciones, robos y asesinatos te horrorizó. Y ahora, todavía con La Naranja Mecánica entre tus manos, la última oración resonando en tu cabeza, y la mente repleta crítica social, te das cuenta que los interrogantes trascienden el punto final. Y pensás:

           “¿Será que Burguess, ya en los ‘60, sabía lo que sería de la sociedad? ¿Será que el único propósito de la atemporalidad es demostrarme que las cosas siempre han sido y siempre serán iguales?”

          Entonces, lo guardás en tu biblioteca bien a la vista porque sabés que dentro de veinte años, cuando tus ojos accidentalmente se posen en el título, una vieja cuestión surgirá dentro de tu cabeza: “Algo me dice que este libro tiene algo que debería comprobar.” Y, aunque en algún momento tuviste la esperanza de que no sería así, tu inagotable asombro aparece otra vez. Porque, al otro lado de la ventana, ves un mundo que avanza, progresa y, al mismo tiempo, que no se detiene a cambiar lo que ya debería estar erradicado. Es que la tierra sigue siendo lo que era en los ’60 de Burguess: una gran naranja mecánica que gira de manera automática, programada para tener bajo su dominio una sociedad conformista que ha perdido la capacidad de cuestionarse sus motivos, y que, aunque tus necesidades individuales lo requieran, ahora necesitará de mucho más que eso para cambiar el curso que otros le han impuesto.  

 

 

Anti-Recomendados 4 noviembre 2009

Archivado en: Recomendados — Phenomena @ 00:02

antirecomedados

Anti - niños

Un pequeño libro de unas 60 páginas para niñas, repleto de imágenes a color, y dibujos que hacen que salga una fortuna. Este diminito manual de la felicidad intenta instertar a las mujercitas en un prematuro mundo de stress y, a su vez, en la gigante necesidad colectiva de consumir autoayuda.

Ni para una primera comunión, ni para un cumpleaños, ni siquiera para un chiste de muy mal gusto. Este libro no se regala.

 

anti - adolescentes

Un mediocre intento de novela o, a decir verdad, ni siquiera. El plan comercial se evidencia desde los márgenes (que son incluso más amplios que el espacio que está escrito) que ayudan a incrementar el número de páginas, hasta la inexistente trama que lleva hacia un final que deja a los lectores estupefactos. No porque sea excelente, sino porque, en realidad, carece por completo de sentido. El final no existe.

Para los interesados en la literatura de baño,  se puede obtener “Tu Aliento” a sólo $10 en las mesas de ofertas de Super Vea y Disco.

 

anti - adultos

Por si no lograste ser feliz con “El Combustible Espiritual 1″, esta es tu segunda oportunidad de enmendar la situación. Ari Paluch trae un nuevo método para alcanzar la paz con el alma, el disfrute de la vida, y toda esa basura de falsa autoauyuda que sólo enriquece sus bolsillos y los de las editoriales.

Para hacer la estafa redonda, el libro puede conseguirse a $49 en cualquier librería del país.

 

Liibook 3 noviembre 2009

Archivado en: Información — Phenomena @ 15:26

liibook

 

CLICK ACÁ

 

Capítulo 8 – Comienza el Juego 2 noviembre 2009

Archivado en: Boleto al Futuro — Phenomena @ 00:01

comienza el juego

 

(descargarlo acá)

 

“La vida es un juego de probabilidades terribles.”

Tom Stoppard

 

 

          Como últimamente ocurría, se ignoraron la una a la otra. Caminaron en fila, una delante y la otra atrás. Mora se movía callada con la vista fija en el suelo, Catalina sólo miraba la espalda de la primera. No se detuvieron en Metamorfosis, ni tomaron el cotidiano camino a casa. Sólo caminaron; quizás sin rumbo, aunque lo cierto era que una de aquellas dos mentes tenía bien en claro lo que quería: alejarse.

          Inevitablemente y, a pesar del paso en punta de pies de Catalina, Mora se detuvo y giró fulminando a la muchacha con la mirada.

          -Hacé lo que quieras –dijo, escupiendo las palabras– si me seguís, quedate callada.

           A pesar de los mil y un insultos que pasaron por la cabeza de Catalina, ésta obedeció la orden sin siquiera esbozar una mueca.

          -Esperame acá –volvió a increpar Mora, mientras entraba en un pequeño kiosco que tenía desde ropa hasta chupetines.

          La chica se sentó pacientemente en el pasto. Pasó sus manos por los cortos penachos verdes disfrutando de las leves cosquillas que producían en sus palmas. La humedad de la hierba la refrescó hasta el punto mismo de la satisfacción y, con una sensación extraña, notó que los músculos de su cara se contorsionaban. El aire sofocante del mediodía le acarició los dientes suavemente. Una sonrisa asomaba en aquella cara de ojos achinados por efecto de la resolana. Intentó recordar la última vez que había reído y, sin embargo, no logró rememorar un momento de felicidad. No es que tuviese poca memoria, sino que las preocupaciones acumuladas en su cabeza comenzaban a surtir efecto en ella.

          Quizás fuese su sensibilidad excesiva, como decía Mora, pero la situación se estaba tornando insoportable: las peleas con Mora habían dejado de aburrirle y empezaban a no molestarle. Catalina, quien encontraba en la indiferencia el peor de los sentimientos, sintió por primera vez que su amistad con Mora no existía.

          Un pequeño tintineó avisó que la puerta del negocio se abría. Mora llevaba una pequeña bolsa en sus manos con forma rectangular. Retomaron la caminata en fila de hormiga hasta llegar a una gran casa de ladrillos que se erguía allí donde las calles eran triangulares. Catalina reconoció, tras unos segundos, la casa de la abuela de Mora.

          La anciana, envuelta en una bata rosada, las invitó a pasar llamándolas con la mano. El gesto amable de la mujer les pareció totalmente anormal en confronte a lo que Viola las tenía acostumbradas. 

          Lejos del humo y el olor a alcohol, la mugre y el gato mutilado, las chicas encontraron un jardín repleto de flores y un majestuoso gato persa color marfil.

          Luego de las cortesías necesarias, Mora le pidió permiso a su abuela para utilizar el ático argumentando que necesitaba buscar unos libros. Con el pedido concedido por la sonrisa de la mujer, ambas muchachas subieron la escalera retomando los semblantes oscuros que habían iluminado sólo para disimular.

           El ático de aquella casa no merecía ser llamado ático. La luz y la limpieza convertían aquella habitación de techo bajo en un lugar realmente puro, casi mágico. Unos almohadones de color púrpura, dispuestos alrededor de una pequeña mesa ratona de colores monocromáticos, adornaban la alfombra lila. Por último, en una esquina, una computadora  y una biblioteca mediana completaban el lugar.

          -Ayudame a buscar un libro –soltó Mora, dirigiéndose hacia el lugar donde se encontraban los estantes.

          -¿Qué título? –dijo, despreocupadamente, Catalina.

          -El arte del destino –respondió la chica que ya había comenzado la búsqueda.

          Aquel nombre no le gustó en absoluto. Los brazos de Catalina reaccionaron con los bellos erizados ante el rechazo. O quizás fuese algo más fuerte que el rechazo: miedo. Era una presencia recurrente entre ellas, casi familiar y, sin embargo, tan efectivo cómo la primera vez que lo habían probado.

          A pesar del revuelo de pensamientos, Catalina se arrodillo para poder leer los lomos de los libros. La mayoría de ellos tenían las tapas desgastadas, por lo que debían explorar en su interior para hallar el nombre de las obras. Al cabo de unos minutos de respiraciones concentradas, Mora tomó un libro de tapa negra con letras rojas.

           -Acá está –afirmó, con una risa escalofriante.

A los ojos de Catalina, la actitud de su amiga era tan ilógica como tenebrosa. Es que las carcajadas se habían transformado en macabros alaridos, y su tranquilidad característica en ambición y avaricia. No entendía cómo Mora podía pensar que ella fuese la elegida de Viola, y menos podía entender cómo esa teoría le generaba celos.

          Con el objeto todavía entre manos, la muchacha se levantó y se dirigió hacia los almohadones. Esta vez no necesitó explicitar oralmente la orden ya que Catalina también se levantó tras ella y se sentó a su derecha. Entonces, llevó la mano a su bolsillo y sacó la pequeña bolsita misteriosa con la que había salido del kiosco. Con un poco de ruido, la chica extrajo de adentro una caja de cartón rectangular: un mazo de cartas.

          La pregunta eminente no se formuló. Catalina optó por no interrogar a aquellos oídos sordos que sólo le responderían necedades. Contrariamente, observó las manos de Mora que le entregaban, justamente, aquel instrumento tan inocente como peligroso.

          -El vínculo Phenomena te eligió, así que vos sabrás qué hacer.

          La ironía de Mora era digna de una lengua bífida, sin embargo, el objetivo en este caso no era una herida superficial, sino una mordida profunda y denigrante: sabía que, sólo lastimando el orgullo de Catalina, iba a poder obtener la imprudencia necesaria para aquella decisión.

          La reacción fue espontánea. Con un ruido seco, le arrebató las cartas de la mano y, como si fuese una experta, preparó la baraja para comenzar con todo aquello. No aceptaba la conclusión de Mora pero, de una vez por todas, necesitaba terminar con lo que había desencadenado Viola en sus vidas. Terminar o, mejor dicho, comenzar.

          Las cartas comenzaron a ordenarse sobre la mesa en tres filas; algo que habían inventado, puesto que desconocían la formación original. Entre espadas, un diez de basto se hallaba acompañado por un rey dado vuelta. Luego, los cuatro unos cerraban la tirada ubicándose inmediatamente al lado del doce.

          Mora abrió el libro y comenzó a pasar las páginas. Éstas, por el estado añejo de la encuadernación, crujían aferrándose débilmente al pegamento fosilizado.

          La chica se detuvo en un capítulo que llevaba por nombre “Interpretación”. Allí, un amplio cuadro explicaba carta por carta el significado de los simbolismos que aún permanecían ocultos a sus ojos.

          -Bien… -Dijo Mora, en voz alta, más para sí misma que para Catalina.- La sota es una mujer morocha de mediana edad, es decir, es Maia.

          Sus ojos se deslizaron a lo largo de las cartas buscando algo más que interpretar, como si realmente comenzara a ver el destino de aquella atormentada mujer.

          -Las espadas simbolizan problemas, obvio. –Agregó, negando con la cabeza, como si fuera una idiota por no haberlo visto antes.

          Pasó varias páginas y unas cuantas hojas cayeron sobre el suelo, totalmente derrotadas. Mora las juntó y las puso otra vez desordenadamente en su sitio. Mientras, leía lo que el doce significaba.

          -Éste es él –dijo, dejando caer su dedo índice sobre el rey.- Por lo que podemos interpretar que los problemas son en torno a la pareja. Lo que no entiendo…

          Y se quedó repentinamente callada. Catalina se mantuvo en silencio, a la espera. Mora pasaba las hojas con rapidez, mientras fruncía el entrecejo a causa de su creciente histeria. Esa página que necesitaba estaba ausente.

          -¡No puede ser! –Gritó, dejando caer el libro al suelo- ¡Faltan varias páginas!

          Catalina tomó el libro y comenzó a hojearlo.

          -¡Explica lo que significan las cartas cuando aparecen en conjunto, pero el simbolismo los cuatro unos no está! ¿Podés creerlo? –Su indignación crecía segundo a segundo, mientras Catalina corroboraba lo que Mora decía.- ¡Es como si no quisieran que supiéramos!

               La puerta del ático se abrió lentamente. La abuela de pelo de nube gris traía en sus brazos una enorme bandeja de desayuno. Atinó a hablar entreabriendo la boca pero no lo hizo, sorprendida por el estado de nervios de las chicas.

             -Les traje unos mates –agregó, luego del silencio, por no decir “espero no interrumpirlas”.

             Intentaron cambiar sus rostros nuevamente alegando la excitación a una nueva conquista de Catalina. Rieron falsamente hasta que la puerta del ático volvió a cerrarse. Sin volver a hablarse, revisaron cuidadosamente el libro por enésima vez. El mate permaneció olvidado, invisible para aquellas dos mentes ciegas.

            Permanecieron aisladas en el segundo piso de la casa durante horas, sin embargo sólo se dieron cuenta del tiempo cunado la luz caliente del sol abandonó las pequeñas ventanas cuadradas. En lugar de él, un infinito cielo negro se alzó sin luna alguna. Sumidas en las penumbras, habló Catalina:

            -¿Qué vas a hacer? –preguntó, desligándose totalmente de los actos de Mora.

            Ésta no respondió.

            -No tenemos nada -agregó Catalina– Mora no podemos hacer nada, ni con cartas ni sin cartas.

            El silencio se mantuvo, manchado solamente por un murmullo inentendible de la muchacha cuestionada.

            De repente, unas luces se encendieron en el patio iluminando tenuemente el ático. Seguro las debía de haber prendido su abuela, no obstante, un impulso obligó a Mora a asomarse por la ventana. Catalina la observó aovillada detrás de la mesa ratona.

            -Los gatos –dijo Mora.

            Para aquellos oídos ajenos, la simple frase podía resultar una incoherencia de la muchacha, sin embargo, para ellas dos tenía un significante diferente. Representaban no sólo a Viola, sino también a la desesperante imposibilidad de huir de ella. El gato ciego solía aparecer en aquellos momentos en que las muchachas descreían lo ocurrido o, simplemente, querían olvidarlo. Era su mejor espía y, paradójicamente, era ciego.

            -Son ocho –agregó Mora, que los seguía observando.

            En sus enunciaciones ya no residía el temor histérico, sino que ahora el miedo se reprimía tranquilamente en sus interiores. Ya no había gritos de desesperación o sorpresa porque la situación había dejado de ser excitante. Se había vuelto tortuosa y silenciosa, era el peor de los miedos, aquel que las aislaba y las volvía débiles.

          -Tengo que ir a ver a Viola – expreso Mora, quizás hablándose a si misma.

          Sin embargo, la formalización de su pensamiento no activó su cuerpo. Se mantuvo estampada junto a aquella pared esperando el impulso o mirando, si es que seguían allí, a los felinos.

           -Tengo que ir a ver a Viola –repitió, esta vez clavando los ojos en el otro par de ojos que la ignoraban.

          Catalina, sorprendida por el gesto de su amiga, sólo atinó a levantar los hombros desentendiéndose de lo que le decían. No había esperado que Mora le hablara, pero menos había especulado con la idea de que ésta volviese a pedirle ayuda. A pesar de todo, no quería dejarla sola, pero sabía que si la acompañaba iba a perjudicarla. Sin importar como continuara su relación, tenía que alejar a Mora de Viola.

           -No –contestó Catalina, firmemente.

           Las conversaciones entre las muchachas no sólo eran cada vez más monosilábicas, sino que el tiempo que tardaban en contestarse la una a la otra era insoportable. Era fácil darse cuenta que, a diferencia de antes, las respuestas estaban precedidas por un amplio razonamiento. Ya no compartían todo.

           El celular de Mora sonó haciéndolas asustar. El sonido del vibrador contra la mesa de madera fue estrepitoso. Catalina lo tomó para evitar el ruido y, espiando la pantalla, se lo pasó a la dueña.

          -Número privado –dijo, en voz baja, como avergonzada por la intromisión.

          Sin hacerle caso, Mora atendió apretando, sin darse cuenta, el botón de altavoz.

           En un principio, nadie contestó del otro lado del teléfono. Luego de una reiterada serie de “hola”, las chicas escucharon una voz grave. Pertenecía a un hombre, eso era seguro. Les era familiar, sin embargo no lograron escuchar el mensaje.

          -Hola –volvió a repetir Mora.

          -¡Aléjense de Maia! –gritó la voz desconocida. O, quizás, no tan desconocida.

          El pitido ausente proveniente del celular rompió la noche. Ya no se trataba de espías felinos; un hombre las había amenazado acrecentando en Mora las peligrosas ganas de jugar. Catalina no podía distinguir cual de los dos peligros era el peor, sin el hombre o Mora.

           El timbre sonó. Volvió a escucharse otra vez, aunque de manera más enérgica. Insistentemente, la campana volvió a oírse por tercera vez.

            Soltando el aire por la boca, Mora se apuró a bajar las escaleras ya que su abuela debía de estar ocupada. Sin motivo aparente, Catalina la siguió pisándole los talones. Su sexto sentido nunca fallaba. El timbre volvió a sonar por cuarta vez. Mora corrió la cortina de una de las ventanas del living para observar quien estaba en la puerta. Inmediatamente, soltó la tela y se agachó.

          -Agachate, que no te vea –murmuró en voz baja, para que nadie, salvo ella, la escuchara.

          El timbre volvió a tocar una quinta vez. Y una sexta.

          -Es él –dijo, casi entre sollozos, Mora.

          Catalina, que no se había agachado ya que nadie podía verla detrás de la puerta, se puso en punta de pies y ubicó su ojo izquierdo en el pequeño agujerito que funcionaba como visor. Ahí estaba, tras las rejas, a unos pocos metros. El pelo canoso parecía gris por la oscuridad de la noche. Vestía igual que la última vez que lo habían visto, a pesar de que, aquella ropa, tendría que haber estado empapada. Con sus dedos negros presionó dos veces más el timbre y, echando una mirada aguda hacia la entrada de la casa, se fue corriendo.

          A pesar de no hablarse, en las mentes de las dos chicas rondaban las mismas ideas espantosas: ¿Las habría seguido? ¿Qué hubiese pasado si la abuela de Mora hubiera abierto? O, peor aún, ¿qué pasaría si aquel hombre las esperaba escondido en la calle? ¿Las lastimaría?

          Como si un sacudón de cabeza pudiese borrar todas esas posibilidades, Mora negó girando el cuello enérgicamente y se puso de pie. Volvió a asomarse por la cortina, y vio la reja totalmente vacía.

           -¿Qué hacen ahí?

           La abuela de Mora las sorprendió asomadas a la puerta mientras barría el comedor. Con una nota de curiosidad en su rostro, esperó la respuesta de alguna de las muchachas apoyada cómodamente en la escoba.

          -¿No escuchaste el timbre? – preguntó Mora alzando una ceja.

          -No –rió la mujer– si el timbre no sonó.

          Ambas muchachas se miraron perplejas. Las ocho veces que el hombre había tocado el timbre eran ruido suficiente para que cualquier persona, por más sorda que estuviese, lo hubiera escuchado. Por lo que, teniendo en cuenta la situación, decidieron evadir el tema, después de todo ¿quien iba a creerles su historia? 

 

 

Rocío Fernandez – Valentina Dorzi

PHENOMENA

 


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