¡FELICES FIESTAS!
Abrió los ojos con pesadumbre, confundida y contrariada hasta rozar lo absurdo; después de todo, había vivido en esa casa toda su vida.
Respiró profundo, se ajustó las frazadas alrededor del cuerpo, y se recostó boca arriba. Una palabra merodeaba por su cabeza; una que no había escuchado en años. Phenomena.
Estiró el brazo y encendió el velador. La luz iluminó aquel viejo tatuaje que revelaba su nombre: Viola. Tanteó el despertador en la oscuridad y consultó la hora. Eran las seis de la mañana.
Se levantó y caminó hacia la ventana que, al otro lado de las cortinas, no mostraba el más mínimo signo de luminosidad. La abrió. Al otro lado, unos pocos faroles alumbraban los rieles sin sentido que alguna vez habían sido una vía.
Empujó el cristal y dejó que el tardío frío invernal se colara en la habitación. Alzando su mirada en dirección a la noche comprobó que, aunque los días comenzaban a alargarse, el cielo, cubierto por nubes negruzcas, demoraba la claridad del amanecer.
Tomó aire, cerró la ventana otra vez, y se volvió hacia su habitación con la intensión de enfrentarse a aquella insistente palabra que no lograba quitar de su cabeza.
Phenomena…
Habían pasado más de cuarenta años desde la última vez que la había escuchado. ¿Cuáles eran los motivos que habían logrado traer los recuerdos otra vez? Creía que su pasado estaba enterrado.
Phenomena…
Las imágenes comenzaban a dibujarse en su mente, mostrándole todo aquello que creía abandonado en la facultad. Los dibujos, las fotografías, el video… ¿Es que eso no tenía fin?
Phenomena…
Se aferró al marco de la puerta y cerró los ojos intentando calmarse. Necesitaba un cigarrillo de manera urgente, así que caminó hasta la vieja mesa de la cocina. Bajó con pasos pesados la escalera y se desplomó en la silla: aquella que era utilizada por ella; las otras dos permanecían inertes, sin función alguna.
El humo la ayudaba en su soledad. Era como una bruma para su lúcido cerebro que la atormentaba con ideas raras.
Phenomena…
Sopló con fuerza el halo blanquecino que comenzaba a alargarse delante suyo, como si de esa forma las letras de la palabra también se esfumaran. Sabía muy bien cuales eran sus opciones: averiguar el por qué de su sueño o evitar pensar en él.
Phenomena…
Era insoportable la insistencia con la que esa voz surgía dentro de su cabeza. Deseaba dejar de oírla.
Phenomena…
Lo más frustrante era que, en su interior, la responsabilidad de cargar con el secreto de ese nombre le imposibilitaba olvidarse fácilmente. Es que, en realidad, no sólo era una simple nomenclatura, sino que conformaba la razón por la cual ella vivía como lo hacía. Sola.
Se levantó corriendo la silla hacia atrás y se encaminó hacia un aparador del tamaño de la pared. Abrió uno de los cajones de madera oscura y extrajo una cajita rectangular. Era de madera negra y estaba adornada con una palabra en color amarillento, casi blanco: Elena.
El objeto de un valor significativo sólo para la mujer que lo portaba escondía algo más que un mazo de cartas viejo y maltrecho, pues guardaba un tesoro incomparable y peligroso: el destino.
Viola se sentó nuevamente y comenzó a barajar los naipes con una destreza propia de un casinero. Cerró los ojos mientras continuaba con el movimiento y tiró su cabeza hacia atrás moviendo el cuello de un lado hacia otro.
Las ojeras, producto del cansancio, le daban a su rostro un aspecto horroroso. Sin embargo, y, a pesar del agotamiento de su cuerpo, jamás habría podido dormir sin antes averiguar lo que la atormentaba. Es que, en su mente, un leve presentimiento hacía relucir su mirada.
Repentinamente apoyó el mazo en la mesa; ya había decidido su corte. Distribuyó en tres filas paralelas doce cartas que, a la mirada de una farsante, podrían haber revelado sucesos tan banales como un embarazo o una infidelidad, pero que, para ella, significaban la respuesta a toda una vida; su vida.
Viola se detuvo y examinó lentamente lo que había arriba de la mesa. Pasó los dedos por las cartas, separándolas sólo un poco para poder observar mejor. El silencio sólo era cortado por su propia respiración. En su mente, sus habilidades innatas comenzaban a trabajar por sí solas.
Las tres líneas en que había ubicado los naipes representaban la proximidad del tiempo de las acciones, por lo que la mujer comenzó a analizar la fila superior; la del futuro inmediato. Acercó su mano a las primeras dos cartas y las llevó hacia su rostro, poniéndolas frente a cada uno de sus ojos. En su cabeza el sonido de dos risas joviales surgió improvistamente. Eran dos sotas -dos mujeres- una de oro y otra de copa: la ambición, el juego, los vicios… dos muchachas jóvenes.
Las próximas dos cartas revelaban incertidumbre y problemas; de hecho, el siete de espada auguraba grandes dificultades y peleas.
En la segunda línea, una revelación. Los cuatro seis de la baraja aparecían de manera dados vuelta, exceptuando la carta de espada. Viola sabía exactamente lo que aquella carta representaba y eso no era nada bueno.
La tercera fila estaba compuesta por los cuatro ases invertidos, exceptuando también al de espada. Cuatro ases. No podía ser posible.
Su mente se aceleraba con cada imagen que adquiría.
Phenomena… la voz volvió a hacerse oír.
Prendió otro cigarrillo. El humo revoloteó entre su nariz y su boca.
Caminó por la habitación, se encaminó hacia el sillón, y, sin siquiera planearlo, se quedó dormida.
Esta vez el sueño pareció real.
Caminaba por una vieja casa de paredes blancas y techo de madera. Sus pies recorrían el sitio como si estuvieran acostumbrados a realizar ese recorrido, aunque ella, sólo sintiendo un lejano recuerdo del sitio en el que se encontraba, ya no supiera qué habitaciones había detrás de las puertas.
Giró hacia la izquierda y se enfrentó a una escalera. Sólo en ese momento fue capaz de notar lo cercano que se encontraba el suelo de su mirada, como si, por arte de magia, hubiera perdido altura. Es que, lo que había creído un sueño, no lo era en absoluto. Era un recuerdo de su niñez oculto en su inconsciente, que estaba visitando sin siquiera querer hacerlo.
Una puerta de madera clara apareció delante de ella: la del dormitorio de su madre. La empujó y, mientras se internaba en aquella habitación de cortinas oscuras, comprendió lo que hacía en ese sitio. Su mamá ocultaba algo.
Pero ella sabía dónde debía buscar, así que caminó hacia esa vieja caja sin siquiera dudar. Y la abrió. Cientos de fotos se desparramaron por el suelo, rodeándola. Escuchó pasos en la escalera; su madre subía. Se dejó caer en el suelo y comenzó a agruparlas otra vez, pero ya era demasiado tarde.
Elena se quedó inmóvil en la puerta, contemplándola. Caminó hacia ella y, tomándola del brazo, la obligó a incorporarse. Es que, ahora que podía verlo con tanta claridad, ese había sido el día en que el vínculo Phenomena la había enredado para no dejarla ir jamás.
Despertó sobresaltada. Un trueno resonó en la cercanía sin dar paso a la lluvia. Se incorporó. Su respiración agitada acompañaba a su corazón en un baile acelerado. Consultó el reloj. Eran casi las cuatro de la tarde; eso estaba mal.
Necesitaba aire, así que salió. Las nubes grisáceas mostraban un día opaco en las afueras de su casa. Nadie caminaba por la vía, por lo que era seguro salir; no porque le preocuparan los peligros, sino porque, en una persona como ella, la soledad era un barco anclado.
Al abrir la puerta, un gato se coló por la abertura. A pesar de su ceguera, el animal poseía una destreza increíble; en sus largos años de vida, la mujer jamás había visto que el felino trastabillara o golpeara contra una pared. De hecho, el animal había aparecido una mañana en su casa y jamás había vuelto a irse, como si estuviera extrañamente ligado a esa casa o, quizás, a la mujer, aunque a ella no le gustaran las mascotas ni se hubiera molestado en ponerle nombre.
Viola se paró en medio de los dos rieles y comenzó a caminar hacia la calle San Lorenzo. Miraba constantemente las aulas de la facultad que daban al descampado. De hecho, no sólo miraba, sino que examinaba cada una de las caras como si buscara a alguien entre tanta gente.
De golpe, reconoció una cara familiar. Aquella profesora volvía todos los años a la misma aula en el mismo horario y, como si fuera poco, siempre repetía el mismo discurso. Aquel que nadie solía escuchar y que podía confundirse con autoayuda barata, pero que puesto en un ambiente siniestro y oscuro sonaba real.
Viola miró a los alumnos. Ella también había estado allí sentada con la misma profesora en frente. Sin embargo, ella sí había entendido sus palabras:
“El destino (…) actúa sobre nosotros sin piedad alguna, porque sólo somos uno más a quien enredar en sus reglas. (…) el destino es un dictador que no acepta sugerencias ni proposiciones. En fin, el destino siempre es predecible…”
Rió en voz apenas audible mientras agachaba la cabeza. Las gotas de lluvia se perdieron en su pelo gris, derribándose por su cuero cabelludo hasta alcanzar su cuello. Un pequeño escalofrío recorrió su cuerpo. El contacto la hizo sentir extraña, le hizo recordar algo totalmente antitético. Algo cálido y suave: el beso de su madre sobre la nuca.
Levantó la cabeza mientras sacudía su cabello mojado y los recuerdos lejanos y dolorosos. Volvió la mirada hacia la ventana que le permitía ver la clase: dos chicas sentadas en el fondo del lugar parecían tener una discusión. Una de ellas estiraba los brazos. No, no era una discusión; estaban riendo. Todos las miraban.
-Interesante- susurró para sí misma, sin dejar de observarlas.
Quiso volver. Se volteó y caminó hacia aquella triste puerta gris que repelía a todo aquel que la observara. Entró en el sitio y miró a su alrededor. Sobre la mesa, las cartas permanecían en la misma posición en que las había abandonado.
Subió las escaleras y salió a la pequeña terraza. Se mantuvo al resguardo del tejado mientras observaba la forma en que la llovizna se convertía en un diluvio.
Encendió otro cigarrillo y miró en dirección a Peña. Dos jóvenes doblaron en la esquina -las mismas que había visto riendo en el aula- y se internaron en el café de la esquina. Las observó hasta que se perdieron de vista.
El gato negro apareció y, dibujando círculos a su alrededor, maulló. Viola lo tomó en brazos y acarició su cabeza, pero el gato miraba en dirección al café sin siquiera reparar en que su dueña lo observaba.
A veces, le daba la impresión de que el viejo gato veía más que ella. Porque algo parecía compensar aquella ausencia de visión; algo como un sexto sentido. Ese gato sabía cuando la gente no era de fiar.
Se mantuvieron allí largo rato hasta que el cielo comenzó a oscurecerse. Dos hombres habían aparecido de la nada y, mientras gritaban obscenidades en dirección a la universidad, bebían a largos tragos de una botella. Afortunadamente, el movimiento había comenzado a disminuir, pues ella ya conocía la clase de gente que eran esos tipos y no le agradaba para nada tener que contemplar un robo o algo peor.
Pero, entonces, las dos jóvenes salieron otra vez. Viola las contempló con horror mientras su mente se iluminaba. Dejó al gato en el suelo y se llevó una mano a la boca, mientras las jóvenes, que ahora se tambaleaban, salían a la lluvia.
Bajó las escaleras corriendo y contempló las cartas. Ahora lo comprendía: mostraban un camino plagado de peleas, soledad y, en última instancia, una posible muerte. Pero eso sólo sucedería si las conocía.
Escuchó gritos masculinos afuera: los hombres estaban dirigiéndose a las chicas. Caminó hacia la entrada y alzó su mano en dirección a la llave, dispuesta a dejar la puerta abierta. Abrió, pero aún así algo hizo ruido en su cabeza.
Sabía que no debía intervenir en el futuro. El destino era sinónimo de equilibrio; todo lo malo que evitara, volvería multiplicado bajo otra forma. Debía dejar la puerta abierta y permitir que pasara todo lo que rebelaban las cartas. Debía conocer a las jóvenes, permitir que vivieran lo mismo que ella al verse envueltas en las obligaciones del vínculo Phenomena, y debía dejar que fueran las responsables de todas las acciones a las que decidieran dar lugar. Eso era lo justo.
Caminó hacia la ventana mientras la puerta permanecía abierta. Las había perdido de vista en la noche oscura. Tamborileó los dedos en el marco de la puerta mientras consideraba la opción que no debía considerarse: prohibirles el resguardo de su casa.
¿Quién sabía lo que podía suceder si las privaba de su protección? ¿Qué les harían los hombres? ¿Sería peor que una muerte? El destino sin completar la castigaría a ella, pero al menos no cargaría con una muerte en su consciencia. De hecho, jamás sabría lo que les sucedería a esas muchachas. Quizá los hombres sólo buscaban dinero, celulares, alguna cadena de oro; quizá.
Un refucilo iluminó el cielo y dejó a su vista a las dos jóvenes que ahora contemplaban su puerta gris. Y en una fracción de segundo tomó su decisión.
Corrió hacia la puerta, hizo girar la llave, y se mantuvo de espaldas. Oyó pasos al otro lado de los muros; las jóvenes se encontraban allí, golpeando la puerta con desesperación mientras sus atacantes continuaban gritándoles cosas.
Viola no iba a abrir. No iba a permitir que el vínculo Phenomena siguiera vivo. No iba a conocer jamás a esas muchachas. Ahora, sus acciones tendrían efecto sobre ella, pero lo merecía. Porque, si en primer lugar jamás hubiera observado las fotografías de su madre, ahora no estaría sufriendo las consecuencias. El destino tendría que arreglárselas sólo, ella ya no traduciría cartas absurdas con significados dolientes.
Un grito agudo se perdió en la profundidad de la noche. Viola cerró los ojos. Ese era el fin de una historia que no había comenzado jamás.
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“Primero, nunca toques las agujas de tu corazón.
Segundo, domina tu cólera.
Tercero y más importante, no te enamores jamás de los jamases.”
Escuchó pasos apresurados a sus espaldas que, al ejercer peso sobre el césped recientemente humedecido, dejaron escapar un sonido apagado. Se volteó con lentitud y contempló a aquella persona cuyo caminar ya conocía; desde antes de mirarla al rostro, había comprendido que quien se encontraba a sus espaldas era Catalina.
La chica se mantuvo inmóvil frente a sus ojos, sin esa mirada de codicia perdida tiempo atrás en un retorcido cambio de roles que las había convertido en personas diferentes; que había llevado a una a ser la otra, y viceversa; que había invertido sus personalidades hasta volverlas irreconocibles, porque había cualidades que fuera de ellas no funcionaban y, sobre todo, en la antitética forma de ser de la otra.
-¿Qué hacés acá? –preguntó Mora, con voz fría y ronca.
Catalina respiró profundo, se adelantó varios pasos y la enfrentó.
-Voy con vos –dijo, sin intenciones de contar toda la historia; eso tan extraño que le había sucedido minutos atrás con aquel escalofriante hombre.
Mora pareció dudar. De hecho, pareció balancearse casi de manera imperceptible sobre sus propios pies, como si su mente y sus piernas estuvieran tomando decisiones opuestas. Finalmente, se decidió: con Catalina o sin ella entraría a ver a Viola.
Dándole la espalda, se hundió unos cuantos pasos más dentro de la vía y se enfrentó a la deteriorada puerta gris. Ésta, como siempre, se abrió fantasmalmente en cuanto fijó su mirada en ella. Y, de inmediato supieron, casi como un mensaje telepático, que había cosas que estaban a punto de acabar y que, en consecuencia, había mucho que nunca lograrían comprender. Pero no pudieron pensar demasiado en eso porque el felino ciego se escurrió rápidamente por la puerta semiabierta y las enfrentó con amenaza, demostrándoles cuanto odiaba verlas allí. Mora, quien llevaba la delantera, tomó a Catalina del brazo con frialdad sin dejarse intimidar; después de todo, era sólo un animal.
El olor a humedad y cigarrillo llenó sus narices, recordándoles el ambiente repelente que flotaba en aquel sitio. En medio de la habitación, Viola se hallaba en la silla que acostumbraba ocupar con una caja de Marlboro sobre la mesa y un mazo de cartas armándose y desarmándose vertiginosamente en sus dedos; mezclando posibles destinos.
Caminaron hacia ella con seguridad y se sentaron a la mesa. Sus ojos se alzaron escondiendo una mirada indescifrable, como si estuviera presente en aquel sitio tanto como ausente. Eso era lo que tenía de extraño Viola que no habían podido descifrar en ese tiempo: parecía ser tan tangible como intangible; estar y no estar al mismo tiempo; ser real tanto como una sombra.
-Ese sueño te tiene loca –dijo.
Catalina levantó el rostro del suelo de manera sobresaltada, extrañada por la mención de un sueño. Era exactamente lo que le había dicho el hombre a ella: “el sueño de la Elegida”. ¿Es que, a fin de cuentas, la Elegida era Mora, y no ella? Había tantas cosas que no lograba explicar que estaba comenzando a sentirse mareada.
Al mismo tiempo, Mora corrió la silla con firmeza dejando escapar un sonido agudo y chirriante que les hizo doler la cabeza por un efímero instante. Más enojada que nerviosa, comenzó a caminar de un sitio a otro evitando la mirada de las dos mujeres que permanecían expectantes, a la espera de una explicación.
-¡Es que ya no entiendo! –gritó, agarrándose la cabeza. Luego, repentinamente abrumada, se volvió a Viola.- ¿Qué significa? ¿Qué es lo que puedo hacer?
Y se cubrió el rostro con las manos hasta ocultarlo por completo. Catalina comenzó a juguetear con una carta que se había separado del mazo hasta yacer a pocos centímetros de su mano derecha. Era un diez de espadas; uno que, a diferencia de otros mazos convencionales, exhibía un rostro casi femenino y de doloroso pesar en los ojos. Quizá fue por el hecho de concentrarse tanto en las diminutas facciones que se dibujaban a lo largo de la carta pero, por una fracción de segundo, le pareció ver que la figura lloraba. Entonces, Mora habló otra vez y la sacó de su ensimismamiento.
-Ya sé… -susurró con voz profunda y, de manera escalofriante, casi ajena- ya sé lo que voy a hacer.
Y, antes de que Catalina hubiera podido comprender algo, Viola había cruzado la habitación y, tomándola de la camisa con firmeza, la había arrinconado contra la pared.
-No pueden intervenir –murmuró, enfatizando cada palabra con golpes sobre su pecho.
Tan sorprendida como alterada, Catalina se puso de pié. El hecho de que la mujer tuviera la fuerza suficiente como para arrastrar a Mora hacia la pared era asombroso, pero eso demostraba que Viola era más peligrosa de lo que pensaban. ¿Y a qué se refería con eso de que no podían intervenir? ¿Qué era lo que estaba pensando Mora en ese momento?
Las mujeres se sostuvieron la mirada con furia, hasta que Mora se quitó las manos de la vieja con un movimiento apresurado y violento al mismo tiempo. Miró a Catalina por un instante, que comprendió que era momento de irse, y se volteó en dirección a la puerta.
-Vos no sos nadie para decirme lo que puedo hacer o no. Si entendieras tanto cómo funciona el mundo, saldrías un poco más de tu casa.
Y con esas palabras hirientes, se expuso al tormentoso día que la esperaba al otro lado de los muros.
Catalina la siguió casi corriendo, enfurecida por no comprender nada de toda aquella extraña situación. Una vez afuera, totalmente empapada por la lluvia y el granizo que la golpeaban con fuerza, tomó a Mora del brazo y la enfrentó.
-¿Podés explicarme qué es eso del sueño?
Mora entornó la mirada hasta convertirla en una sombra oscura y deslucida. Ya no le importaba qué cosas sabía Catalina o no, lo único que sabía era que debía hacer algo.
-Soñé que veía a Maia morir –dijo de una, sin preocuparse demasiado por el significativo contenido de su confesión.
Catalina se mantuvo inmóvil, abrumada por las palabras que Mora había pronunciado.
-¿Qué? –sólo logró decir.
Mora suspiró profundamente, demostrando que su preocupación se mantenía oculta detrás de sus ojos, pero que, de todas formas, allí estaba; aún era capaz de sentir algo.
-Eran los cuatro ases, Catalina –dijo, en un tono más suave- En mi sueño, era él quien la mataba, y lo peor es que creo que ese día es hoy.
Él. Él era aquel hombre peligroso que Maia había adoptado como marido, pero que demostraba en todo sentido cuanto podía equivocarse una persona al elegir un compañero de vida.
La horrible sensación que venía atormentando últimamente a Catalina revolvió su estómago y su cabeza por igual. La certeza de no tener certeza alguna, golpeó contra todas las bases de su conciencia. El sólo hecho de pensar en ese desmoronamiento interno hizo que, necesariamente, tuviera que agacharse hasta encontrar la firmeza de la tierra en contacto con sus manos.
El polvo, algo mezclado con pequeños sedimentos, le lastimó las palmas haciéndoselas arder. Sin embargo, el dolor resultaba algo totalmente secundario en aquella mente. Intentaba concentrarse en la boca de su estómago que luchaba arduamente por mantener dentro todo aquello que no debía ser expulsado: lo poco que había comido parecía haberse multiplicado hasta rebalsar su organismo.
Jadeó. Cerró lo ojos sólo para intentar evadir el presente. No obstante, el futuro era todavía más frustrante. Y el pasado, inútilmente feliz, era tan inservible que deseó no tener memoria, pues constituía una condena eterna de infelicidad. Nunca más habría una Catalina porque ella ya no existía.
La explosión seca fue acompañada por un ruido agudo. El sonido a vidrio roto hizo que su ensimismamiento se esfumara dejándole paso a aquel presente que tanto quería evadir. Evidentemente, la rotura se había producido en los alrededores inmediatos, ya que había sonado aterradoramente cercana.
La muchacha se incorporó buscando con ojos desesperados a Mora. Examinó el lugar girando sobre sí misma y apuntando su vista hacia cualquier lugar que pudiese funcionar como escondite. Deseó con todas sus fuerzas que lo que asomaba en su cabeza no fuese posible. La desaparición de su amiga tornaba evidente la veracidad de su pensamiento: Mora, de forma activa o pasiva, debía estar relacionada con aquel vidrio despedazado.
En un haz de vivacidad, volteó su cabeza hacia las casas humildes que se enfrentaban al complejo universitario. Una puerta abierta llamó su atención; justamente esa contigua a la puerta gris. Aquella que significaba sólo una cosa: Maia.
Catalina corrió olvidándose por completo de su estado estomacal. Sin siquiera saber el por qué, y cómo si sus ojos tuvieran una noción del destino diferente, las lágrimas corrieron por sus mejillas hasta alcanzar su boca entreabierta. Las bocanadas de aire limpiaron sus pulmones pero no lograron desenredar aquel nudo que obstruía su garganta por alguna extraña razón. La desesperación se adelantaba a cualquiera de los pensamientos de la joven que, a esa altura, era presa de la reacción de sus sentidos. No le pertenecían ni su mente ni su cuerpo.
Todo aquello que pareció interminable se empequeñeció en aquel mismo momento en que sus piernas atravesaron el misterioso umbral. La casa, con una estructura idéntica a la de Viola, reflejaba la misma histeria que portaba la mente de Catalina. Las paredes grises y tristes lucían la misma consternación que los ojos de Mora expulsaban.
El horror en el semblante de la segunda muchacha explicaba, aún más que la imagen misma, lo que había sucedido. Una muerte. Anunciada por cartas inmundas y sabias. Leída por aquella mujer asquerosa e infernal. Ignorada por dos jóvenes que jamás habían entendido la pesada carga del destino sobre sus hombros.
Un grito, aún más agudo que el sonido del impacto de la bala sobre el vidrio, hizo que ambas muchachas reposaran su mirada en la mujer esquelética. Lloraba con un llanto suplicante y colmado de preguntas. Alzaba las manos en dirección a Mora para luego dirigirse a Catalina. Las señalaba con dedos rojos y manos colmadas de muerte. Su balbuceo incomprensible desgarraba cada fibra viva que Mora sentía dentro de su cuerpo; porque cada mínima parte de su cuerpo era culpable del dolor de esa voz.
El arma se desparramó por el suelo hasta llegar a los pies de Catalina que no se atrevió ni a patearlo lejos de ella. Sólo miraba a la persona que la había dejado caer, a aquella que la había empuñado con firmeza para luego temblar con su poder. No comprendía nada de lo que veía, pero lo que más aturdía a Catalina era justamente reconocer a Mora en ese cuerpo.
¿Qué tanto podía cambiar una persona en sólo unos días?
La bala había entrado límpidamente cerca del hombro y había traspasado la carne rompiendo luego el ventanal. La arteria carótida que portaba la vida de esos latidos violentos era también la fuente de su muerte. La sangre brotaba con cada bombeo que el corazón lograba realizar -cada vez eran menos frecuentes-, y el líquido rojo disminuía, por lo que el último palpitar se acercaba. Las tres mujeres observaban inertes esa muerte lenta y precisa: el hombre, ya con lo ojos cerrados, dejó caer el puño a un costado de su cuerpo. Aquel puño asesino, a su vez, tanto de él como de su esposa.
Maia gritó recostándose sobre el pecho de su marido, colmando su cuerpo de sus últimos atisbos de vida. Era increíble como el cese del hombre, tan paulatino, podía compararse con el de una gran máquina de engranajes: y es que el motor decidiría cual sería la última vuelta de la rueda. Era el fin. Todo había terminado, las cartas, el juego, Viola, ellas.
Mora corrió sin siquiera pensar, dejando tras si un desastre que no tenía solución. Primero porque aún no existía medicina alguna para enmendar la muerte y, segundo, porque su actuar había arruinado toda su vida; cargaría por siempre con el pesar en la consciencia de que había matado a un hombre.
Llorando por primera vez en meses, alcanzó la vía con la mente repleta de pensamientos que, junto con la lluvia, nublaban su vista. Además, los truenos resonaban con fuerza arrebatándole también la capacidad de oír. Se movía en una burbuja que no le permitía relacionarse con el exterior, aunque tampoco lo merecía; no después de lo que era capaz de hacer.
Se acercaba a Peña. A sus espaldas, oía como un lejano eco los gritos de Catalina que sonaban como un sitio seguro, pero ella lo único que deseaba era correr en libertad por última vez. Y eso hizo.
Pero, de manera inesperada, un rápido haz de luz la cegó. ¿Había sido un refucilo? No; había sido demasiado luminoso. Entonces, notó que ya no corría. Se hallaba tendida sobre algo áspero y duro, una textura del todo desconocida al tacto, pero no a la vista. Era el asfalto.
La lluvia alcanzaba su rostro con violencia, por lo que quiso girarse. Sin embargo, todo su cuerpo se encontraba adolorido, así que prefirió quedarse inmóvil. Y así pasaron varios segundos, minutos quizá.
Oyó gritos. La realidad comenzó a reaparecer a su alrededor, pero los recuerdos permanecían borrosos, casi como una niebla sin fin. Entonces, una mano conocida agarró la suya y, con mucho cuidado, se dejó caer a su lado. Pero todo comenzaba a oscurecerse.
Catalina observó el rostro de su amiga y con delicadeza limpió un delgado haz de sangre que resbalaba por su mejilla. Mora permanecía tan quieta sobre sus brazos que le daba miedo.
-¡Llamen una ambulancia! –Dijo, con la voz quebrada, a la gente de Metamorfosis que yacía a sus espaldas.
-Mora… -expresó, en un tono más bajo- Mora, decime algo…
Y comenzó a llorar. Sobre su hombro, la mano de Manuel se posó en un intento de reconfortarla, pero nada podía quitarla del estado de histeria en que se encontraba; ni siquiera el chico de diseño que corría hacia allí.
-¡No la muevas! -dijo alguien, acercándose.
-¡No la toquen! –bramó ella, aferrándose a Mora. Y, otra vez en un tono débil, le habló a su amiga.- Mora, por favor…
No tenía sentido; no podía terminar así. Todas sus aventuras tenían un comienzo embrollado, pero un final feliz, casi como una comedia. Pero eso ni se acercaba a los desenlaces que ellas conocían, porque nunca, ni siquiera en un arrebato de oscuridad, habían podido imaginar que una de ellas podía llegar a tener un accidente.
Catalina cerró los ojos y mantuvo sus manos lejos del pecho de su amiga donde su corazón había palpitado con furia por la adrenalina del asesinato que había cometido, pero que, ahora, no se atrevía a escuchar. Porque, si ese corazón que tan bien conocía había dejado de latir, su existencia ya no tenía sentido.
Y más y más brazos se cerraron en torno a sus hombros, instándola a soltar a Mora. Pero ella estaba decidida a no hacerlo. No quería saber si su pecho aún se movía al acompasado andar de su respiración y, en tanto desconociera la respuesta, su mejor amiga seguiría viva.
Rocío Fernández – Valentina Dorzi
-PHENOMENA-
La lluvia de verano cubría la ciudad de forma uniforme. Ya no era un aguacero furioso sino una llovizna apagada. La entrada de la facultad, bajo los efectos del agua, tenía un aspecto frío. Los tonos verdes y terrosos se apagaban hasta pasarse al negro. No había nadie afuera; las pocas personas que divisaba huían de las chispas invisibles con pasos rápidos. El lugar que solía estar colmado de vendedores y de estudiantes, lucía una desolación tan basta como la de mi interior.
Volví a echar un vistazo al lugar en donde se estacionaban normalmente las motocicletas: el pequeño vehiculo azul francia y blanco no estaba. Suspiré sonoramente expulsando una pequeña bocanada de humo. Manuel no iba a venir esta vez.
No quería entrar a clase, de hecho, sólo había venido en busca de la voz blanda y suave. La única que siempre decía lo que yo quería escuchar. Aunque, a decir verdad, no era la única; había otra voz mucho mas aguda y eléctrica que solía compartir sus pensamientos.
Golpeé con la mano un pequeño charco salpicándome apenas el pantalón. No podía entender como mi mente todavía pensaba en ella. Recordé su mirada insostenible, sus celos, su ambición, su locura, su soledad. ¿Por qué quería, después de todo eso, escuchar su voz?
Necesitaba bloquear mi cabeza por un rato, por lo que me levanté de la pequeña pared de ladrillos que utilizaba como asiento y decidí que lo mejor iba a ser perder mi lucidez dentro de la clase de Gramática. Después de todo, no había mejor materia para poner la mente en blanco o, según la desfachatez de la persona, dormir una pequeña siesta en un banco del fondo.
Agaché la cabeza en busca del bolso empapado y desteñido. Salté un pequeño escalón, todavía con la cabeza gacha. El cuerpo me detuvo en seco, haciendo que mi nariz se aplastara dolorosamente contra las costillas. Inmediatamente, y olvidándome del dolor, me alejé espantada de mi obstáculo.
Parado frente a mí, había un hombre pequeño y frágil que sólo me miraba. Su presencia, de manera extraña, me hacía pensar que todo este tiempo había estado allí. Invisible, como las gotas.
* * *
Me desperté lentamente, mientras el sonido de la lluvia se acrecentaba dándome a entender que sería un día gris. La cabeza me latía tal y como si estuviera reponiéndome de una larga noche de borracheras, oprimiendo mis pensamientos hasta envolverlos en un soporífero estado de confusión. Lentamente, comencé a comprender qué era lo que sucedía. Eso que se parecía a una resaca no lo era en absoluto; sólo eran los recuerdos de una pelea que no tenía solución: una pelea con Catalina.
Tiré todas las frazadas al suelo, casi con repulsión, como si en ese simple acto pudiera descargar toda mi ira. Luego, bajé las escaleras así, en ropa interior como estaba, ignorando por completo que todas las persianas se encontraban levantadas.
Preparé la mochila en silencio y me vestí con desgano mientras me terminaba un paquete de galletitas que mi hermano había dejado tirado. Una vez con todo listo, sin siquiera preocuparme por la lluvia, me sumergí en el perenne diluvio que parecía augurar una tragedia.
Un gato. Lo evité, no quería pensar en eso, pero aún así me trajo un recuerdo a la memoria: lo que había soñado horas atrás. Entorné la mirada observando al vacío, simplemente como si, por el hecho de forzar la visión, pudiera recordar lo que tenía casi olvidado.
Restándole importancia a la lluvia que me mojaba a mí y a los libros que llevaba en la mano, busqué a mí alrededor un paredón en donde sentarme. Sabía que lo que guardaba en mi cabeza era importante, porque la carga emocional de quien lleva algo insoportable estaba volviéndome loca, pero no era capaz de recordarlo.
Un maullido…
Miré al gato que caminaba cerca de mis pies cuidadosamente ubicado bajo el alero de la casa vecina, a diferencia de mí que con cada segundo me empapaba más y más. Alcé la mirada hacia el cielo, en donde los negros nubarrones dibujaban aquellas extrañas figuras irrepetibles que cuando era chica buscaba con Catalina.
Vacié mi mente de toda preocupación universitaria, y me concentré sólo en las últimas horas; en aquellas en las que había permanecido inconsciente. El gato continuó maullando, casi en un intento de llamar mi atención. Lo hizo otra vez, y otra, y luego, para variar, una última vez. Mi mente, totalmente abierta a cualquier pensamiento, se dejó llevar por ese sonido llevando un conteo involuntario.
11 maullidos…
De improvisto, me sobresalté. Al mismo tiempo, un sonoro trueno hizo que el suelo vibrara bajo mis pies y que, tras un lastimero quejido, el animal se escurriera entre unas rejas.
Me puse de pié mientras reconstruía todas las imágenes que habían acudido a mi cabeza. Cada uno de los rostros guardaba la misma señal de dolor y, al mismo tiempo, de incomprendida sorpresa. Las escenas eran oscuras, casi tenebrosas, y no había sonido alguno más que ese grito agudo que, escalofriantemente, sonaba a mi voz.
Comencé a correr en dirección a la facultad mientras repasaba el sueño. Había sido algo sin precedentes…
…La vía se encontraba embadurnada en abundancia por una pegajosa capa de barro, probablemente por alguna reciente lluvia que había aguado la tierra. El sol, oculto por espesas nubes turbulentas, no dejaba conocer el momento del día en que todo sucedía: podían ser las primeras horas de la mañana tanto como las últimas de la noche.
Una muchacha que ella conocía mejor que nadie, aquella que veía todos los días al otro lado del espejo, se hallaba de pié a escasos metros de Peña, mirando vía adentro como si dudara. ¿Por qué dudaba?
Entonces, lentamente se volteó. Ella, aquel fantasma de la joven que estaba encerrando toda esa hipotética situación dentro de su inconsciencia, observó fugazmente el sitio que la rodeaba. ¿Por qué se veía desde afuera? Cuando soñaba, solía estar dentro de su propia cabeza; conocía todos sus pensamientos, todas sus decisiones, todo lo que su mente deseaba hacer en ese mundo onírico.
Ella misma, la Mora envuelta en sombras, no le permitía a su doble real penetrar los más intrínsecos pensamientos que su mente escondía, como si su propia cabeza fuera un sitio prohibido. Su mirada parecía tan triste y perdida que dolía de sólo contemplarla, como si allí residieran cientos de pesares que su mente no lograba soportar.
Consultó el reloj: marcaba las doce del mediodía. Después, se volteó otra vez. La Mora soñante, la que se miraba desde afuera, fue capaz de vislumbrar que sobre el barro no había huella alguna que delatara el frecuente pasar de los transeúntes. Allí reinaba la soledad.
Comenzó a caminar; la escena avanzó sobre los rieles. Mora caminaba con paso acompasado pero no tranquilo, pues todo en su andar denotaba la tensión, la indecisión, la terrible verdad de que sólo estaba caminando porque su voluntad se encontraba corrompida: se hundía en aquel sitio porque su destino lo había indicado.
Se volteó hacia la derecha y se mantuvo dubitativa frente a una casa, contemplando a través de las ventanas una imagen que la Mora que dormía aún no lograba visualizar. Entonces, su doble volvió la mirada hacia ella y alzando una mano la invitó a que se acercara. Así, la chica real pudo contemplar lo que su sombra había estado observando.
La escena, terrible hasta en el más mínimo detalle, la horrorizó tanto que no pudo pensar en nada más…
Negué con la cabeza mientras aún corría en dirección a la universidad, dispersando dentro de mi mente esa imagen soñada que quería evitar. Lo que había visto en aquel sueño era tan horrible que sólo una persona podía ayudarme a calmarme o, en igual medida, a perturbarme. Esa persona era Viola.
Alcancé Dorrego y, empujando un mar de gente que caminaba en dirección contraria, focalicé mi objetivo: la vía. Sin embargo, mientras pasaba por delante de una gráfica, una mano sobre mi brazo logró llamar mi atención.
-¡Ey!
Repentinamente sorprendida, me detuve en seco, tomé aire con rapidez, y me volteé. Esa imagen pacífica que me observó sin prejuicio alguno, que ignoraba por completo lo que escondía, hizo que me sintiera bien por un momento y mal por otro. Él, que tan poco sabía sobre mi naturaleza oscura, no debía estar a mi lado.
-¿Qué te pasa? –articuló el joven, dejando sobre el suelo una bolsa con afiches.
Lo miré. Esos ojos luminosos me dejaron sin palabras por breves segundos, en un estado pasivo del que sólo fui capaz de salir en cuanto un cegador refucilo cortó el hechizo.
-Tengo que irme –respondí, casi en un susurro.
Y corrí otra vez, esta vez sin interrupciones. Alcancé Guido y me interné en la vía, focalizando de inmediato aquella vieja casa en la que se escondía la mujer con respuestas a mi problema. Ahora sólo quedaba una cosa por hacer: evaluar posibilidades y actuar en base a mi sueño o en contra porque, en definitiva, lo único que restaba era decidir qué acción cambiaría mi vida.
* * *
El hombre seguía estático. Tenía el aspecto de una calavera ojerosa y de huesos puntiagudos. Sus huecos oculares estaban tan vacíos como podían estarlos: sus ojos cubiertos por una película blanca me trajeron a mi mente el recuerdo de la mirada ausente.
El gato. Tenía los mismos ojos.
Inmediatamente, el espanto me llevó a cerrar mis ojos, como si no pudiese concebir tal semejanza. En mi garganta se ahogó un grito agudo y sin fuerza, que en conjunto con el sonido hizo desaparecer todo atisbo de humedad. Sentía la garganta áspera y asfixiante, como si en ella nunca hubiese habido saliva.
Me aferré a la mochila colocándola como un escudo entre mí y aquél monstruo. A pesar de tener los ojos cerrados podía percibir a través de mis párpados que él continuaba parado. Encogí mis piernas intentando aovillarme. Él sólo hecho de pensar en un simple contacto me hizo estremecer hasta tal punto que no pude dejar de temblar. Mis dientes castañeteaban y mi cuerpo sufría los espasmos del terror en sucesivos movimientos.
Dos pies se arrastraron. Ésta vez si alcancé a gritar, profiriendo un agudo e indescriptible sonido. El hombre no pareció percibirlo o, si lo hizo, no se alarmó. Su inactividad era menor o igual a la de un muerto. De hecho, creo que si me hubiese atrevido a mirar su pecho no hubiera percibido movimiento alguno.
De repente, su mano se posó en la mía. Ahuecó sus puntiagudos y esqueléticos dedos, de forma que mi mano quedó aparejada a la suya. Sentí como levemente mi mano se desprendía de la mochila, abandonaba la seguridad de mi cuerpo, el agua empapaba mi palma; su aire impactó en mi palma. Era gélido y cortante. Él continuó guiando mi mano hasta posarla sobre aquella piel de roca, asquerosa al tacto; toqué su boca sin labios, su nariz aplastada y con agujeros profundos, su pómulo de hueso. Al llegar a su párpado transparente, sentí como una línea saliente dibujaba la cara de aquél ser.
El gato. Una cicatriz como la del animal.
Mi mano cayó en peso muerto, hasta rebotar en la nada. Me recosté en los ladrillos mojados y esperé pacientemente. Primero sentí como su cuerpo se apoyaba sobre el mío, cubriendo mis piernas y luego mi torso; su peso era sorprendentemente liviano. Luego, sus largas y extrañas pestañas rozaron mi mejilla hasta el punto de las cosquillas; moví la cara evitando el contacto y, al hacerlo, experimenté como algo húmedo y frío se introducía en mi oído. Su lengua, su nariz, sus dedos. Antes de que el asco invadiera mi cabeza convirtiéndose en locura, oí el susurro de una voz poco audible pero entendible.
-Phenomena corre peligro. El sueño. El sueño de la Elegida…
Casi como por arte de magia, aquellas palabras evaporaron al ser de arriba mío. Abrí rápidamente mis ojos, esperando encontrar el cuerpo desgarbado a mi lado. No estaba. A lo alto, en uno de los árboles, unas ramas parecían ser movidas por un animal.
Me incorporé sin mirar a mis alrededores y corrí hacia la facultad. Entré por una de las puertas de Exactas, ya que la entrada de Humanidades estaba siendo reparada. Salté los escalones de manera precipitada, sin mirar a la poca gente que, a esa altura del mes, aún rondaba en el complejo. Las cursadas estaban terminando, por lo que aquellos afortunados que habían logrado aprobar los parciales ya habían desaparecido de la rutina. En mi caso, ya ni siquiera sabía qué materias cursaba. En mi cabeza, la facultad sólo se presentaba como un lugar misterioso y aborrecible que, lejos de inspirarme responsabilidad, me provocaba una irrevocable repulsión.
Recordé, con una lucidez que no sabía que tenía, el aburrido plan que había cruzado por mi mente antes de aquella horrible aparición.
Gramática II. Solía ser un verdadero fastidio pero, en mi estado actual, necesitaba aquella morfina que traían consigo los verbos irregulares y los pronombres.
Llegué al aula 65 justo en el momento en que la profesora avisaba que tomarían un descanso de unos diez minutos. Mientras los alumnos salían del salón, me colé en dirección contraria y me acomodé en una de las sillas del fondo. Estaba pegada a la ventana por lo que el aire fresco impactaba en mi cara de buena manera.
Me recosté en el asiento tirando mi cabeza hacia atrás, mientras la sangre de mi cuerpo comenzaba a volcarse sobre la misma. Mis sienes latían produciéndome un dolor tan agradable como incesante. Experimenté la hinchazón de mis ojos hasta que no soporté la presión y, estando ya sola en el lugar, volví a mi posición normal. Era probable que fuese yo misma la causa por la que el salón estaba vacío: mi aspecto desaliñado, mi ropa empapada, los mechones de pelo sobre la cara y lo ofuscado de mi semblante proporcionaban, a todo aquel que me observara, una gran señal de “Prohibido Pasar”.
Reí irónicamente de mi soledad. El mundo parecía estar al revés, por lo que el humor parecía ser la única salida cuerda. Todo lo que me pasaba era tan ambiguo, que mi cabeza parecía estar cortada a la mitad y, paradójicamente, incomunicada. O elegía creer u olvidaba todo lo que había pasado. No había intermedios.
Volteé mi cabeza al mismo tiempo que suspiraba. La vía se plantaba en el medio de mis pupilas mareándome aún más. Aquellos rieles no eran misteriosos, de hecho, el lugar lucía una tranquilidad casi adormecedora. La hierba algo crecida se bamboleaba de un lado a otro, sin ninguna marca que pudiera denotar el paso de la gente. La vía era un lugar solitario y punto. Nadie querría adentrarse por esas líneas porque la soledad nunca era buen presagio. Nadie sería tan estúpido como para comprarse un boleto en ese tren inexistente. Nadie…
Tiré la silla hacia atrás al levantarme de manera sobresaltada. El cuaderno voló unos cuantos metros desapareciendo de mi vista, aunque no me importó. Sólo era capaz de creer aquello que veía. ¿Por qué no había pensado? No, nadie no. Sí existía alguien lo suficientemente idiota como para caminar por esa vía. En mi mente la imagen de Mora parecía infinita, como si su caminata se reprodujera en cámara lenta. Era ella, seguida de 11 gatos, quien, con la mirada fija, se adentraba pisando aquellos pastos vírgenes.
Sin importarme cual fuese la acción correcta, tomé mi mochila y corrí escaleras abajo. A estas alturas todo tipo de pensamientos habían quedado elididos de mi cerebro, sólo me quedaba reaccionar.
Rocío Fernández – Valentina Dorzi
-PHENOMENA-
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