(descargalo acá)
“La acción no debe ser una reacción, sino una creación.”
Mao Zedong
La lluvia de verano cubría la ciudad de forma uniforme. Ya no era un aguacero furioso sino una llovizna apagada. La entrada de la facultad, bajo los efectos del agua, tenía un aspecto frío. Los tonos verdes y terrosos se apagaban hasta pasarse al negro. No había nadie afuera; las pocas personas que divisaba huían de las chispas invisibles con pasos rápidos. El lugar que solía estar colmado de vendedores y de estudiantes, lucía una desolación tan basta como la de mi interior.
Volví a echar un vistazo al lugar en donde se estacionaban normalmente las motocicletas: el pequeño vehiculo azul francia y blanco no estaba. Suspiré sonoramente expulsando una pequeña bocanada de humo. Manuel no iba a venir esta vez.
No quería entrar a clase, de hecho, sólo había venido en busca de la voz blanda y suave. La única que siempre decía lo que yo quería escuchar. Aunque, a decir verdad, no era la única; había otra voz mucho mas aguda y eléctrica que solía compartir sus pensamientos.
Golpeé con la mano un pequeño charco salpicándome apenas el pantalón. No podía entender como mi mente todavía pensaba en ella. Recordé su mirada insostenible, sus celos, su ambición, su locura, su soledad. ¿Por qué quería, después de todo eso, escuchar su voz?
Necesitaba bloquear mi cabeza por un rato, por lo que me levanté de la pequeña pared de ladrillos que utilizaba como asiento y decidí que lo mejor iba a ser perder mi lucidez dentro de la clase de Gramática. Después de todo, no había mejor materia para poner la mente en blanco o, según la desfachatez de la persona, dormir una pequeña siesta en un banco del fondo.
Agaché la cabeza en busca del bolso empapado y desteñido. Salté un pequeño escalón, todavía con la cabeza gacha. El cuerpo me detuvo en seco, haciendo que mi nariz se aplastara dolorosamente contra las costillas. Inmediatamente, y olvidándome del dolor, me alejé espantada de mi obstáculo.
Parado frente a mí, había un hombre pequeño y frágil que sólo me miraba. Su presencia, de manera extraña, me hacía pensar que todo este tiempo había estado allí. Invisible, como las gotas.
* * *
Me desperté lentamente, mientras el sonido de la lluvia se acrecentaba dándome a entender que sería un día gris. La cabeza me latía tal y como si estuviera reponiéndome de una larga noche de borracheras, oprimiendo mis pensamientos hasta envolverlos en un soporífero estado de confusión. Lentamente, comencé a comprender qué era lo que sucedía. Eso que se parecía a una resaca no lo era en absoluto; sólo eran los recuerdos de una pelea que no tenía solución: una pelea con Catalina.
Tiré todas las frazadas al suelo, casi con repulsión, como si en ese simple acto pudiera descargar toda mi ira. Luego, bajé las escaleras así, en ropa interior como estaba, ignorando por completo que todas las persianas se encontraban levantadas.
Preparé la mochila en silencio y me vestí con desgano mientras me terminaba un paquete de galletitas que mi hermano había dejado tirado. Una vez con todo listo, sin siquiera preocuparme por la lluvia, me sumergí en el perenne diluvio que parecía augurar una tragedia.
Un gato. Lo evité, no quería pensar en eso, pero aún así me trajo un recuerdo a la memoria: lo que había soñado horas atrás. Entorné la mirada observando al vacío, simplemente como si, por el hecho de forzar la visión, pudiera recordar lo que tenía casi olvidado.
Restándole importancia a la lluvia que me mojaba a mí y a los libros que llevaba en la mano, busqué a mí alrededor un paredón en donde sentarme. Sabía que lo que guardaba en mi cabeza era importante, porque la carga emocional de quien lleva algo insoportable estaba volviéndome loca, pero no era capaz de recordarlo.
Un maullido…
Miré al gato que caminaba cerca de mis pies cuidadosamente ubicado bajo el alero de la casa vecina, a diferencia de mí que con cada segundo me empapaba más y más. Alcé la mirada hacia el cielo, en donde los negros nubarrones dibujaban aquellas extrañas figuras irrepetibles que cuando era chica buscaba con Catalina.
Vacié mi mente de toda preocupación universitaria, y me concentré sólo en las últimas horas; en aquellas en las que había permanecido inconsciente. El gato continuó maullando, casi en un intento de llamar mi atención. Lo hizo otra vez, y otra, y luego, para variar, una última vez. Mi mente, totalmente abierta a cualquier pensamiento, se dejó llevar por ese sonido llevando un conteo involuntario.
11 maullidos…
De improvisto, me sobresalté. Al mismo tiempo, un sonoro trueno hizo que el suelo vibrara bajo mis pies y que, tras un lastimero quejido, el animal se escurriera entre unas rejas.
Me puse de pié mientras reconstruía todas las imágenes que habían acudido a mi cabeza. Cada uno de los rostros guardaba la misma señal de dolor y, al mismo tiempo, de incomprendida sorpresa. Las escenas eran oscuras, casi tenebrosas, y no había sonido alguno más que ese grito agudo que, escalofriantemente, sonaba a mi voz.
Comencé a correr en dirección a la facultad mientras repasaba el sueño. Había sido algo sin precedentes…
…La vía se encontraba embadurnada en abundancia por una pegajosa capa de barro, probablemente por alguna reciente lluvia que había aguado la tierra. El sol, oculto por espesas nubes turbulentas, no dejaba conocer el momento del día en que todo sucedía: podían ser las primeras horas de la mañana tanto como las últimas de la noche.
Una muchacha que ella conocía mejor que nadie, aquella que veía todos los días al otro lado del espejo, se hallaba de pié a escasos metros de Peña, mirando vía adentro como si dudara. ¿Por qué dudaba?
Entonces, lentamente se volteó. Ella, aquel fantasma de la joven que estaba encerrando toda esa hipotética situación dentro de su inconsciencia, observó fugazmente el sitio que la rodeaba. ¿Por qué se veía desde afuera? Cuando soñaba, solía estar dentro de su propia cabeza; conocía todos sus pensamientos, todas sus decisiones, todo lo que su mente deseaba hacer en ese mundo onírico.
Ella misma, la Mora envuelta en sombras, no le permitía a su doble real penetrar los más intrínsecos pensamientos que su mente escondía, como si su propia cabeza fuera un sitio prohibido. Su mirada parecía tan triste y perdida que dolía de sólo contemplarla, como si allí residieran cientos de pesares que su mente no lograba soportar.
Consultó el reloj: marcaba las doce del mediodía. Después, se volteó otra vez. La Mora soñante, la que se miraba desde afuera, fue capaz de vislumbrar que sobre el barro no había huella alguna que delatara el frecuente pasar de los transeúntes. Allí reinaba la soledad.
Comenzó a caminar; la escena avanzó sobre los rieles. Mora caminaba con paso acompasado pero no tranquilo, pues todo en su andar denotaba la tensión, la indecisión, la terrible verdad de que sólo estaba caminando porque su voluntad se encontraba corrompida: se hundía en aquel sitio porque su destino lo había indicado.
Se volteó hacia la derecha y se mantuvo dubitativa frente a una casa, contemplando a través de las ventanas una imagen que la Mora que dormía aún no lograba visualizar. Entonces, su doble volvió la mirada hacia ella y alzando una mano la invitó a que se acercara. Así, la chica real pudo contemplar lo que su sombra había estado observando.
La escena, terrible hasta en el más mínimo detalle, la horrorizó tanto que no pudo pensar en nada más…
Negué con la cabeza mientras aún corría en dirección a la universidad, dispersando dentro de mi mente esa imagen soñada que quería evitar. Lo que había visto en aquel sueño era tan horrible que sólo una persona podía ayudarme a calmarme o, en igual medida, a perturbarme. Esa persona era Viola.
Alcancé Dorrego y, empujando un mar de gente que caminaba en dirección contraria, focalicé mi objetivo: la vía. Sin embargo, mientras pasaba por delante de una gráfica, una mano sobre mi brazo logró llamar mi atención.
-¡Ey!
Repentinamente sorprendida, me detuve en seco, tomé aire con rapidez, y me volteé. Esa imagen pacífica que me observó sin prejuicio alguno, que ignoraba por completo lo que escondía, hizo que me sintiera bien por un momento y mal por otro. Él, que tan poco sabía sobre mi naturaleza oscura, no debía estar a mi lado.
-¿Qué te pasa? –articuló el joven, dejando sobre el suelo una bolsa con afiches.
Lo miré. Esos ojos luminosos me dejaron sin palabras por breves segundos, en un estado pasivo del que sólo fui capaz de salir en cuanto un cegador refucilo cortó el hechizo.
-Tengo que irme –respondí, casi en un susurro.
Y corrí otra vez, esta vez sin interrupciones. Alcancé Guido y me interné en la vía, focalizando de inmediato aquella vieja casa en la que se escondía la mujer con respuestas a mi problema. Ahora sólo quedaba una cosa por hacer: evaluar posibilidades y actuar en base a mi sueño o en contra porque, en definitiva, lo único que restaba era decidir qué acción cambiaría mi vida.
* * *
El hombre seguía estático. Tenía el aspecto de una calavera ojerosa y de huesos puntiagudos. Sus huecos oculares estaban tan vacíos como podían estarlos: sus ojos cubiertos por una película blanca me trajeron a mi mente el recuerdo de la mirada ausente.
El gato. Tenía los mismos ojos.
Inmediatamente, el espanto me llevó a cerrar mis ojos, como si no pudiese concebir tal semejanza. En mi garganta se ahogó un grito agudo y sin fuerza, que en conjunto con el sonido hizo desaparecer todo atisbo de humedad. Sentía la garganta áspera y asfixiante, como si en ella nunca hubiese habido saliva.
Me aferré a la mochila colocándola como un escudo entre mí y aquél monstruo. A pesar de tener los ojos cerrados podía percibir a través de mis párpados que él continuaba parado. Encogí mis piernas intentando aovillarme. Él sólo hecho de pensar en un simple contacto me hizo estremecer hasta tal punto que no pude dejar de temblar. Mis dientes castañeteaban y mi cuerpo sufría los espasmos del terror en sucesivos movimientos.
Dos pies se arrastraron. Ésta vez si alcancé a gritar, profiriendo un agudo e indescriptible sonido. El hombre no pareció percibirlo o, si lo hizo, no se alarmó. Su inactividad era menor o igual a la de un muerto. De hecho, creo que si me hubiese atrevido a mirar su pecho no hubiera percibido movimiento alguno.
De repente, su mano se posó en la mía. Ahuecó sus puntiagudos y esqueléticos dedos, de forma que mi mano quedó aparejada a la suya. Sentí como levemente mi mano se desprendía de la mochila, abandonaba la seguridad de mi cuerpo, el agua empapaba mi palma; su aire impactó en mi palma. Era gélido y cortante. Él continuó guiando mi mano hasta posarla sobre aquella piel de roca, asquerosa al tacto; toqué su boca sin labios, su nariz aplastada y con agujeros profundos, su pómulo de hueso. Al llegar a su párpado transparente, sentí como una línea saliente dibujaba la cara de aquél ser.
El gato. Una cicatriz como la del animal.
Mi mano cayó en peso muerto, hasta rebotar en la nada. Me recosté en los ladrillos mojados y esperé pacientemente. Primero sentí como su cuerpo se apoyaba sobre el mío, cubriendo mis piernas y luego mi torso; su peso era sorprendentemente liviano. Luego, sus largas y extrañas pestañas rozaron mi mejilla hasta el punto de las cosquillas; moví la cara evitando el contacto y, al hacerlo, experimenté como algo húmedo y frío se introducía en mi oído. Su lengua, su nariz, sus dedos. Antes de que el asco invadiera mi cabeza convirtiéndose en locura, oí el susurro de una voz poco audible pero entendible.
-Phenomena corre peligro. El sueño. El sueño de la Elegida…
Casi como por arte de magia, aquellas palabras evaporaron al ser de arriba mío. Abrí rápidamente mis ojos, esperando encontrar el cuerpo desgarbado a mi lado. No estaba. A lo alto, en uno de los árboles, unas ramas parecían ser movidas por un animal.
Me incorporé sin mirar a mis alrededores y corrí hacia la facultad. Entré por una de las puertas de Exactas, ya que la entrada de Humanidades estaba siendo reparada. Salté los escalones de manera precipitada, sin mirar a la poca gente que, a esa altura del mes, aún rondaba en el complejo. Las cursadas estaban terminando, por lo que aquellos afortunados que habían logrado aprobar los parciales ya habían desaparecido de la rutina. En mi caso, ya ni siquiera sabía qué materias cursaba. En mi cabeza, la facultad sólo se presentaba como un lugar misterioso y aborrecible que, lejos de inspirarme responsabilidad, me provocaba una irrevocable repulsión.
Recordé, con una lucidez que no sabía que tenía, el aburrido plan que había cruzado por mi mente antes de aquella horrible aparición.
Gramática II. Solía ser un verdadero fastidio pero, en mi estado actual, necesitaba aquella morfina que traían consigo los verbos irregulares y los pronombres.
Llegué al aula 65 justo en el momento en que la profesora avisaba que tomarían un descanso de unos diez minutos. Mientras los alumnos salían del salón, me colé en dirección contraria y me acomodé en una de las sillas del fondo. Estaba pegada a la ventana por lo que el aire fresco impactaba en mi cara de buena manera.
Me recosté en el asiento tirando mi cabeza hacia atrás, mientras la sangre de mi cuerpo comenzaba a volcarse sobre la misma. Mis sienes latían produciéndome un dolor tan agradable como incesante. Experimenté la hinchazón de mis ojos hasta que no soporté la presión y, estando ya sola en el lugar, volví a mi posición normal. Era probable que fuese yo misma la causa por la que el salón estaba vacío: mi aspecto desaliñado, mi ropa empapada, los mechones de pelo sobre la cara y lo ofuscado de mi semblante proporcionaban, a todo aquel que me observara, una gran señal de “Prohibido Pasar”.
Reí irónicamente de mi soledad. El mundo parecía estar al revés, por lo que el humor parecía ser la única salida cuerda. Todo lo que me pasaba era tan ambiguo, que mi cabeza parecía estar cortada a la mitad y, paradójicamente, incomunicada. O elegía creer u olvidaba todo lo que había pasado. No había intermedios.
Volteé mi cabeza al mismo tiempo que suspiraba. La vía se plantaba en el medio de mis pupilas mareándome aún más. Aquellos rieles no eran misteriosos, de hecho, el lugar lucía una tranquilidad casi adormecedora. La hierba algo crecida se bamboleaba de un lado a otro, sin ninguna marca que pudiera denotar el paso de la gente. La vía era un lugar solitario y punto. Nadie querría adentrarse por esas líneas porque la soledad nunca era buen presagio. Nadie sería tan estúpido como para comprarse un boleto en ese tren inexistente. Nadie…
Tiré la silla hacia atrás al levantarme de manera sobresaltada. El cuaderno voló unos cuantos metros desapareciendo de mi vista, aunque no me importó. Sólo era capaz de creer aquello que veía. ¿Por qué no había pensado? No, nadie no. Sí existía alguien lo suficientemente idiota como para caminar por esa vía. En mi mente la imagen de Mora parecía infinita, como si su caminata se reprodujera en cámara lenta. Era ella, seguida de 11 gatos, quien, con la mirada fija, se adentraba pisando aquellos pastos vírgenes.
Sin importarme cual fuese la acción correcta, tomé mi mochila y corrí escaleras abajo. A estas alturas todo tipo de pensamientos habían quedado elididos de mi cerebro, sólo me quedaba reaccionar.
Rocío Fernández – Valentina Dorzi
-PHENOMENA-




Muy buen camino hacia el climax…
Interesantísimo.