Boleto al Futuro

TE LLAMAN PORVENIR PORQUE NO VIENES NUNCA

Capítulo 13 – Final sin Comienzo 15 diciembre 2009

Archivado en: Boleto al Futuro — Phenomena @ 16:55

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“Cuando tengo que elegir entre dos males, siempre prefiero aquel que no he probado.”

 

Mae West

 

 

Abrió los ojos con pesadumbre, confundida y contrariada hasta rozar lo absurdo; después de todo, había vivido en esa casa toda su vida.

Respiró profundo, se ajustó las frazadas alrededor del cuerpo, y se recostó boca arriba. Una palabra merodeaba por su cabeza; una que no había escuchado en años. Phenomena.

Estiró el brazo y encendió el velador. La luz iluminó aquel viejo tatuaje que revelaba su nombre: Viola. Tanteó el despertador en la oscuridad y consultó la hora. Eran las seis de la mañana.

Se levantó y caminó hacia la ventana que, al otro lado de las cortinas, no mostraba el más mínimo signo de luminosidad. La abrió. Al otro lado, unos pocos faroles alumbraban los rieles sin sentido que alguna vez habían sido una vía.

Empujó el cristal y dejó que el tardío frío invernal se colara en la habitación. Alzando su mirada en dirección a la noche comprobó que, aunque los días comenzaban a alargarse, el cielo, cubierto por nubes negruzcas, demoraba la claridad del amanecer.

 Tomó aire, cerró la ventana otra vez, y se volvió hacia su habitación con la intensión de enfrentarse a aquella insistente palabra que no lograba quitar de su cabeza.

Phenomena…

Habían pasado más de cuarenta años desde la última vez que la había escuchado. ¿Cuáles eran los motivos que habían logrado traer los recuerdos otra vez? Creía que su pasado estaba enterrado.

Phenomena…

Las imágenes comenzaban a dibujarse en su mente, mostrándole todo aquello que creía abandonado en la facultad. Los dibujos, las fotografías, el video… ¿Es que eso no tenía fin?

Phenomena…

Se aferró al marco de la puerta y cerró los ojos intentando calmarse. Necesitaba un cigarrillo de manera urgente, así que caminó hasta la vieja mesa de la cocina. Bajó con pasos pesados la escalera y se desplomó en la silla: aquella que era utilizada por ella; las otras dos permanecían inertes, sin función alguna.

El humo la ayudaba en su soledad. Era como una bruma para su lúcido cerebro que la atormentaba con ideas raras.

Phenomena…

Sopló con fuerza el halo blanquecino que comenzaba a alargarse delante suyo, como si de esa forma las letras de la palabra también se esfumaran. Sabía muy bien cuales eran sus opciones: averiguar el por qué de su sueño o evitar pensar en él.

Phenomena…

Era insoportable la insistencia con la que esa voz surgía dentro de su cabeza. Deseaba dejar de oírla.

Phenomena…

Lo más frustrante era que, en su interior, la responsabilidad de cargar con el secreto de ese nombre le imposibilitaba olvidarse fácilmente. Es que, en realidad, no sólo era una simple nomenclatura, sino que conformaba la razón por la cual ella vivía como lo hacía. Sola.

Se levantó corriendo la silla hacia atrás y se encaminó hacia un aparador del tamaño de la pared. Abrió uno de los cajones de madera oscura y extrajo una cajita rectangular. Era de madera negra y estaba adornada con una palabra en color amarillento, casi blanco: Elena.

El objeto de un valor significativo sólo para la mujer que lo portaba escondía algo más que un mazo de cartas viejo y maltrecho, pues guardaba un tesoro incomparable y peligroso: el destino.

Viola se sentó nuevamente y comenzó a barajar los naipes con una destreza propia de un casinero. Cerró los ojos mientras continuaba con el movimiento y tiró su cabeza hacia atrás moviendo el cuello de un lado hacia otro.

Las ojeras, producto del cansancio, le daban a su rostro un aspecto horroroso. Sin embargo, y, a pesar del agotamiento de su cuerpo, jamás habría podido dormir sin antes averiguar lo que la atormentaba. Es que, en su mente, un leve presentimiento hacía relucir su mirada.

Repentinamente apoyó el mazo en la mesa; ya había decidido su corte. Distribuyó en tres filas paralelas doce cartas que, a la mirada de una farsante, podrían haber revelado sucesos tan banales como un embarazo o una infidelidad, pero que, para ella, significaban la respuesta a toda una vida; su vida.

Viola se detuvo y examinó lentamente lo que había arriba de la mesa. Pasó los dedos por las cartas, separándolas sólo un poco para poder observar mejor. El silencio sólo era cortado por su propia respiración. En su mente, sus habilidades innatas comenzaban a trabajar por sí solas.

Las tres líneas en que había ubicado los naipes representaban la proximidad del tiempo de las acciones, por lo que la mujer comenzó a analizar la fila superior; la del futuro inmediato. Acercó su mano a las primeras dos cartas y las llevó hacia su rostro, poniéndolas frente a cada uno de sus ojos. En su cabeza el sonido de dos risas joviales surgió improvistamente. Eran dos sotas -dos mujeres- una de oro y otra de copa: la ambición, el juego, los vicios… dos muchachas jóvenes.

Las próximas dos cartas revelaban incertidumbre y problemas; de hecho, el siete de espada auguraba grandes dificultades y peleas.

En la segunda línea, una revelación. Los cuatro seis de la baraja aparecían de manera dados vuelta, exceptuando la carta de espada. Viola sabía exactamente lo que aquella carta representaba y eso no era nada bueno.

La tercera fila estaba compuesta por los cuatro ases invertidos, exceptuando también al de espada. Cuatro ases. No podía ser posible.

Su mente se aceleraba con cada imagen que adquiría.

Phenomena… la voz volvió a hacerse oír.

Prendió otro cigarrillo. El humo revoloteó entre su nariz y su boca.

Caminó por la habitación, se encaminó hacia el sillón, y, sin siquiera planearlo, se quedó dormida.

Esta vez el sueño pareció real.

Caminaba por una vieja casa de paredes blancas y techo de madera. Sus pies recorrían el sitio como si estuvieran acostumbrados a realizar ese recorrido, aunque ella, sólo sintiendo un lejano recuerdo del sitio en el que se encontraba, ya no supiera qué habitaciones había detrás de las puertas.

Giró hacia la izquierda y se enfrentó a una escalera. Sólo en ese momento fue capaz de notar lo cercano que se encontraba el suelo de su mirada, como si, por arte de magia, hubiera perdido altura. Es que, lo que había creído un sueño, no lo era en absoluto. Era un recuerdo de su niñez oculto en su inconsciente, que estaba visitando sin siquiera querer hacerlo.

Una puerta de madera clara apareció delante de ella: la del dormitorio de su madre. La empujó y, mientras se internaba en aquella habitación de cortinas oscuras, comprendió lo que hacía en ese sitio. Su mamá ocultaba algo.

Pero ella sabía dónde debía buscar, así que caminó hacia esa vieja caja sin siquiera dudar. Y la abrió. Cientos de fotos se desparramaron por el suelo, rodeándola. Escuchó pasos en la escalera; su madre subía. Se dejó caer en el suelo y comenzó a agruparlas otra vez, pero ya era demasiado tarde.

Elena se quedó inmóvil en la puerta, contemplándola. Caminó hacia ella y, tomándola del brazo, la obligó a incorporarse. Es que, ahora que podía verlo con tanta claridad, ese había sido el día en que el vínculo Phenomena la había enredado para no dejarla ir jamás.

Despertó sobresaltada. Un trueno resonó en la cercanía sin dar paso a la lluvia. Se incorporó. Su respiración agitada acompañaba a su corazón en un baile acelerado. Consultó el reloj. Eran casi las cuatro de la tarde; eso estaba mal.

Necesitaba aire, así que salió. Las nubes grisáceas mostraban un día opaco en las afueras de su casa. Nadie caminaba por la vía, por lo que era seguro salir; no porque le preocuparan los peligros, sino porque, en una persona como ella, la soledad era un barco anclado.

Al abrir la puerta, un gato se coló por la abertura. A pesar de su ceguera, el animal poseía una destreza increíble; en sus largos años de vida, la mujer jamás había visto que el felino trastabillara o golpeara contra una pared. De hecho, el animal había aparecido una mañana en su casa y jamás había vuelto a irse, como si estuviera extrañamente ligado a esa casa o, quizás, a la mujer, aunque a ella no le gustaran las mascotas ni se hubiera molestado en ponerle nombre.

Viola se paró en medio de los dos rieles y comenzó a caminar hacia la calle San Lorenzo. Miraba constantemente las aulas de la facultad que daban al descampado. De hecho, no sólo miraba, sino que examinaba cada una de las caras como si buscara a alguien entre tanta gente.

De golpe, reconoció una cara familiar. Aquella profesora volvía todos los años a la misma aula en el mismo horario y, como si fuera poco, siempre repetía el mismo discurso. Aquel que nadie solía escuchar y que podía confundirse con autoayuda barata, pero que puesto en un ambiente siniestro y oscuro sonaba real.

Viola miró a los alumnos. Ella también había estado allí sentada con la misma profesora en frente. Sin embargo, ella sí había entendido sus palabras:

 

“El destino (…) actúa sobre nosotros sin piedad alguna, porque sólo somos uno más a quien enredar en sus reglas. (…) el destino es un dictador que no acepta sugerencias ni proposiciones. En fin, el destino siempre es predecible…”

 

Rió en voz apenas audible mientras agachaba la cabeza. Las gotas de lluvia se perdieron en su pelo gris, derribándose por su cuero cabelludo hasta alcanzar su cuello. Un pequeño escalofrío recorrió su cuerpo. El contacto la hizo sentir extraña, le hizo recordar algo totalmente antitético. Algo cálido y suave: el beso de su madre sobre la nuca.

Levantó la cabeza mientras sacudía su cabello mojado y los recuerdos lejanos y dolorosos. Volvió la mirada hacia la ventana que le permitía ver la clase: dos chicas sentadas en el fondo del lugar parecían tener una discusión. Una de ellas estiraba los brazos. No, no era una discusión; estaban riendo. Todos las miraban.

-Interesante- susurró para sí misma, sin dejar de observarlas.

Quiso volver. Se volteó y caminó hacia aquella triste puerta gris que repelía a todo aquel que la observara. Entró en el sitio y miró a su alrededor. Sobre la mesa, las cartas permanecían en la misma posición en que las había abandonado.

Subió las escaleras y salió a la pequeña terraza. Se mantuvo al resguardo del tejado mientras observaba la forma en que la llovizna se convertía en un diluvio.

Encendió otro cigarrillo y miró en dirección a Peña. Dos jóvenes doblaron en la esquina -las mismas que había visto riendo en el aula- y se internaron en el café de la esquina. Las observó hasta que se perdieron de vista.

El gato negro apareció y, dibujando círculos a su alrededor, maulló. Viola lo tomó en brazos y acarició su cabeza, pero el gato miraba en dirección al café sin siquiera reparar en que su dueña lo observaba.

A veces, le daba la impresión de que el viejo gato veía más que ella. Porque algo parecía compensar aquella ausencia de visión; algo como un sexto sentido. Ese gato sabía cuando la gente no era de fiar.

Se mantuvieron allí largo rato hasta que el cielo comenzó a oscurecerse. Dos hombres habían aparecido de la nada y, mientras gritaban obscenidades en dirección a la universidad, bebían a largos tragos de una botella. Afortunadamente, el movimiento había comenzado a disminuir, pues ella ya conocía la clase de gente que eran esos tipos y no le agradaba para nada tener que contemplar un robo o algo peor.

Pero, entonces, las dos jóvenes salieron otra vez. Viola las contempló con horror mientras su mente se iluminaba. Dejó al gato en el suelo y se llevó una mano a la boca, mientras las jóvenes, que ahora se tambaleaban, salían a la lluvia.

Bajó las escaleras corriendo y contempló las cartas. Ahora lo comprendía: mostraban un camino plagado de peleas, soledad y, en última instancia, una posible muerte. Pero eso sólo sucedería si las conocía.

Escuchó gritos masculinos afuera: los hombres estaban dirigiéndose a las chicas. Caminó hacia la entrada y alzó su mano en dirección a la llave, dispuesta a dejar la puerta abierta. Abrió, pero aún así algo hizo ruido en su cabeza.

Sabía que no debía intervenir en el futuro. El destino era sinónimo de equilibrio; todo lo malo que evitara, volvería multiplicado bajo otra forma. Debía dejar la puerta abierta y permitir que pasara todo lo que rebelaban las cartas. Debía conocer a las jóvenes, permitir que vivieran lo mismo que ella al verse envueltas en las obligaciones del vínculo Phenomena, y debía dejar que fueran las responsables de todas las acciones a las que decidieran dar lugar. Eso era lo justo.

Caminó hacia la ventana mientras la puerta permanecía abierta. Las había perdido de vista en la noche oscura. Tamborileó los dedos en el marco de la puerta mientras consideraba la opción que no debía considerarse: prohibirles el resguardo de su casa.

¿Quién sabía lo que podía suceder si las privaba de su protección? ¿Qué les harían los hombres? ¿Sería peor que una muerte? El destino sin completar la castigaría a ella, pero al menos no cargaría con una muerte en su consciencia. De hecho, jamás sabría lo que les sucedería a esas muchachas. Quizá los hombres sólo buscaban dinero, celulares, alguna cadena de oro; quizá.

Un refucilo iluminó el cielo y dejó a su vista a las dos jóvenes que ahora contemplaban su puerta gris. Y en una fracción de segundo tomó su decisión.

Corrió hacia la puerta, hizo girar la llave, y se mantuvo de espaldas. Oyó pasos al otro lado de los muros; las jóvenes se encontraban allí, golpeando la puerta con desesperación mientras sus atacantes continuaban gritándoles cosas.

Viola no iba a abrir. No iba a permitir que el vínculo Phenomena siguiera vivo. No iba a conocer jamás a esas muchachas. Ahora, sus acciones tendrían efecto sobre ella, pero lo merecía. Porque, si en primer lugar jamás hubiera observado las fotografías de su madre, ahora no estaría sufriendo las consecuencias. El destino tendría que arreglárselas sólo, ella ya no traduciría cartas absurdas con significados dolientes.

Un grito agudo se perdió en la profundidad de la noche. Viola cerró los ojos. Ese era el fin de una historia que no había comenzado jamás. 

 .

.

 

 

Rocío Fernández – Valentina Dorzi

-PHENOMENA-

 

 

 

 

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One Response to “Capítulo 13 – Final sin Comienzo”

  1. Manuel Dijo:

    The dream is over?

    Mmmmm…

    Las felicitos señoritas, ha sido un placer.

    Mae West se merecía estar, la muy divina.

    Un abrazo!


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